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Viajar sola y perderlo todo (Parte VI)

Llegar a Venecia se siente como llegar a Disney por primera vez y toparte con el castillo de la Cenicienta. Perdónenme la cursilería, y por supuesto que no estoy siquiera comparando los lugares, hablo simplemente de las sensaciones.

Después de dejar mis cosas en un AirBnB, que por el poco esmero bien podría haber sido un hotel barato de la CDMX, me subí en un camión que 20 min después me dejó al lado del primer puente. Tomé una foto justo ahí pensando en que cada vez que la viera, querría recordar esa sensación “mágica” de la que hablo al principio. Quizá ese es el fin último de las fotos, volver a verlas no tanto para recordar los lugares, sino las sensaciones que estos te provocaron.

Venecia es un paisaje completo. Primero por lo obvio y después porque caminar sus callecitas angostas y toparte con cosas que no están marcadas en el mapa (como la sesión de fotos de unos recién casados) se vuelve un pequeño plus que va mucho más allá de los lugares turísticos, las góndolas y los canales.

Eso sí, en sus atracciones principales Venecia es un hervidero de gente. Hay que ir preparado para hacer fila para TODO. Que si la torre, que si la Basílica, que si para subirte al turibus acuático, que si para comprarte una pasta en cajita, que si para la foto aquí o allá. La gente brota de todos lados, pero es posible evitarla si se tiene la flexibilidad (y el tiempo) de querer perderse.

Mi primera comida (con su respectivo vino rosado) la tuve frente a un par de chavos que hacían burbujas de jabón enormes con cuerdas y dos palos. Los niños se correteaban felices y para cuando se me iba acabando la botellita, yo ya le sonreía al infinito. Comer lejos y comer bien siempre me ha hecho sentir muy afortunada.

Fue en Venecia en donde vi el primer partido de México, y para esta que escribe, que es la menos pambolera del mundo, resultó ser una experiencia de esas que te ponen la piel chinita. Cuando por fin encontré un lugar que lo estaba transmitiendo, me pedí una pizza y ooootra botellita de vino. Minutos después llegaron otros mexicanos y se sentaron al lado de mí. A mí me dio pena hacerles la plática y ellos como que no sabían si era mexicana o alemana (¡JAAAAA...!) porque tampoco intentaron decir nada. Pero todo cambió en el primer gol. Al primer “¡A huevo!”, los cuatro nos emocionamos muchísimo y se rompió el hielo. Cabe señalar que éramos los únicos mexicanos en el lugar. La mayoría eran alemanes y uno que otro incauto de algún otro lugar de Europa.

Para no hacerles el cuento largo y como todos ya saben, el partido se ganó y se ganó bien. Uno de los chavos mexicanos sacó la bandera y se puso a correr con ella mientras un alemán se acercaba a la mesa a felicitarnos y le entregaba una chela al portador del símbolo patrio. Todo era fiesta y, nosotros, que sólo éramos 4, éramos los protagonistas. La escena se replicaría días más tarde, pero me agarraría en oootro país. 

Según mi podómetro, en Venecia caminé más de 15 km en un solo día. Me imagino que a eso hay que agradecerle que no haya vuelto hecha un barril, porque créanme cuando les digo que no se escatimó nada en temas de pizza, vino, pasta, tiramisú y croissants. Mucho menos se escatimó en café, que allá, bendito sea el Dios italiano, casi siempre es un buen Lavazza.

Otra referencia de mi libro de LC, bonita e inesperada, es que en Venecia está la colección de Peggy Guggenheim, quien se casó con el amor de la vida de Leonora, Max Ernst. Por supuesto que en la colección también hay un Leonora Carrington porque nadie sabe para quien trabaja. O sí. 

Ahora que intento recordar detalles, creo que si alguien me pidiera resumir mis dos días y medio en este bonito lugar, sólo les diría comer, beber, caminar, mil fotos, calor, atardeceres increíbles, caminar, gente bonita everywhere, caminar. Ahora que si lo que quieren es una confesión bien acá, desde el fondo de mi corazón les digo que Venecia no es un lugar para ir solo, y creo también que fue ahí en donde comencé a entender un par de cosas que se han ido clarificando con los días, pero esa... definitivamente es OTRA historia.

Total que, hablando de cursiladas, dos días y medio después mi itinerario decía que era momento de tomar otro tren e ir a la ciudad en donde se gestó uno de los dramas más grandes (y quizá falsos) de la literatura... 

PD. Es chistoso, pero mientras escribo estas últimas entradas, mis recuerdos son bien bonitos, pero están impresos de un cansancio extremo que claramente verán en las fotos que adornan esta entrada. Pienso en Italia y me siento cansada. Los recuerdos y las fotos evocando sensaciones.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.