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Viajar sola y perderlo todo (Parte III)

Lisboa se parece mucho al amor. Lisboa es una montaña rusa que se recorre caminando. Conocer la ciudad implica subir y bajar por calles anchas y angostas con casas de todos colores combinadas con los clásicos azulejos. El calor es infernal, pero hay heladerías, cafés y bares a la menor provocación. El helado de piña de Nannarella se quedará en mi corazón para siempre (se los escribo salivando).

Después de haber visto, por una atinada recomendación de una de mis muy queridas, el capítulo de “Somebody feed Phil” que se grabó en aquella ciudad, decidí agregarla a mi itinerario de manera definitiva. Claro que también hubo museos, caminatas, turibus, y así y tal, pero la misión era una y había que cumplirla a cabalidad. Sin empacho les digo que a Lisboa fui a comer.

Mi llegada fue un tanto estrepitosa. La señora que “amablemente” había aceptado recibirme en su AirBnb terminó siendo nada amable en un horario nada conveniente, por lo que a eso de las 1130 de la noche, en un inesperado cambio de planes, me vi buscando un hotel mientras el taxista que me había recogido en el aeropuerto se ofrecía a ir conmigo a armársela de tos a la portuguesa que había decidido no sólo ignorar mis mensajes, sino que una vez que los vio también había decidido regañarme con largos mensajes primero en inglés y luego en portugués. Pero yo iba de vacaciones, si la senhora quería gastar su bilis en una desconocida, allá ella. El hotel resultó ser una mucho mejor opción.

Ya de día descubrí que el hotel no sólo había sido económico, sino que además estaba muy bien ubicado, a cuadras del metro que me dejó en el centro en prácticamente 20 minutos. Salir de las estaciones de metro en lugares desconocidos es siempre una bocanada de aire fresco. No hablo para nada de los olores ni mucho menos, sino de esa sensación maravillosa de ir subiendo una escalera y toparte con algo nuevo y chulo.

En Lisboa me topé con un mercado y varios edificios y monumentos. Y entonces sí, a caminar. Fue ahí en donde tuve mi primer encuentro con los GLORIOSOS Pastéis de Belém, unos pastelitos hechos sobre una base de hojaldre con una especie de crema pastelera en el centro. Y ustedes pensarán “Mhñe…” pero entonces yo les contaré que esa crema pastelera no sabe para nada a la que nuestros paladares conocen. Esta tiene un sabor inigualable a vainilla con algo más que no logré adivinar pero que casi podría jurar que es puro huevo con azúcar. Y les juro que bien podrían robarle el slogan a Sabritas porque no hay manera de comer solo uno.  A mi paso por Lisboa decidí comer uno en cada lugar en donde los encontrara. Esto por una labor periodística y de investigación, no crean que sólo por gorda. Por cierto, hay pastéis prácticamente en cada esquina.

Leonora Carrington vivió con Renato Leduc en Lisboa; esto ya lo sabía. Pero como el timing a veces es bien bonito, estando ahí y siguiendo con mi lectura, tuve la fortuna de poder ir a los lugares que se mencionaban en mi libro. Eso me parece muy romántico y de un privilegio mágico.  Y fue justo por el libro que llegué a un pequeño lugar en el centro en donde vendían unos vasitos de una popular bebida llamada Ginja, la cual está hecha con cerezas, aguardiente, azúcar y un toque de canela. Por dos euros te podías parar en la puerta e imaginar que alguien te cantaba “fondo, fondo, fondo”, pero al llegar al fondo mismo del vasito, la quemazón de la garganta fue una joya. No me gustó, la verdad, pero es de las cosas que uno hace por currículum.

En Lisboa hay mar, hay castillos, hay museos, hay muchos edificios dignos de foto, hay un puente que bien podría ser el gemelo del Golden Gate y hay mucha, pero mucha comida (mucho bacalao en presentaciones muy distintas a las que yo conocía), mucho vino (gracias, Dios) y Pásteis (suspira)… ya sé, ya lo había dicho pero no les he dicho que los mejores están en los únicos y auténticos Pastéis de Belém, para los que incluso hay que hacer fila. Lo valen.

El último lugar turístico al que fui fue al Elevador de Santa Justa. Como su nombre lo dice, te suben a un elevador que sube y sube y sube hasta quedar por encima de la ciudad. Les cuento que después de más de 30 min de fila para lograr el cometido, una vez dentro me enteré de que el boleto se compraba en otro lado, pero el elevadorista al darse cuenta de que yo no lo había comprado, decidió hacerse menso y dejarme pasar como Pedro por mi casa aun sin haber pagado. De esas cosas bonitas que pasan.

Ya estando arriba resulta que te topas con una escalera de caracol que te lleva MÁS arriba. Si usted me conoce sabrá que el vértigo es algo que me pone muy de nervios, así que mientras subía la escalera con un viento que parecía llevarse a todos sólo iba pensando “¡Venga!, sí se puede. No estás en la Latino. Hay que subir. Hay que ver qué hay”, pensamientos que eran interrumpidos porque a alguien se le ocurría bajar por la misma pinche escalera y yo sólo sentía un micro ataque de pánico cada vez que esto pasaba. Pero una vez arriba, pfffff… La vista, el aire, los pensamientos, otra vez sentirme afortunada. La cursilería al aire libre, pues.

La globalización fue algo que me pegó como un manotazo en la cara. Cuando decidí recorrer lo que los portugueses llamaron “la calle más comercial de Lisboa”, me topé con que bien podía haber estado caminando por Madero o por un pasillo de Parque Delta. Tenemos las mismas tiendas, las mismas mercancías y hasta los mismos precios. Me entristeció un poco no poder encontrar nada típico, pero me tuve que curar la tristeza con una bistecca y un cuartito de tinto. Ya les había dicho a qué fui, no me juzguen.

Y lo último, último que vi de Lisboa es algo imperdible para mí en los viajes: un super. Por alguna razón me parece que es uno de los sitios en los que puedes conocer más de un lugar y sentirte medio local. Soy fan de probar cosas nuevas, así que me parece que es un super en donde hay que ir al terminar el día. 

Y con ese día también se terminaba Lisboa, se acercaba Frankfurt y lo que en el próximo post denominaré “La primera pérdida del viaje” …

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.