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Viajar sola y perderlo todo (Parte V)

“Gonsenheim” es una palabra fuerte y me gusta por muchos motivos. Si bien de primera mano me da pertenencia a una familia a la que en realidad (y con una sagradísima excepción) nunca he sentido pertenecer, sin duda ha marcado mi vida de diversos modos. Ya sea porque todos mis documentos hay que revisarlos tres veces para ver que la hayan escrito bien; porque me sigue gustando ver la cara de la gente cuando intenta pronunciarla; o porque el apodo con el que casi todos me conocen tiene su origen en sus primeras letras. 

No importa si yo siento que pertenezco o no; en estas venas, bajo mi tez que no podría ser menos caucásica y mis tan solo 1.58 de altura, hay rastros de sangre alemana; y allá, en Alemania, muy cerca de Frankfurt, hay un lugar que se llama así y del cual pude leer gracias a la investigación hecha por uno de los hermanos de mi padre. Era momento de ir y ver de dónde, muy posiblemente, habían salido los primeros autores materiales de esta vida loca que hoy tengo la fortuna de llevar.

El dueño del AirBnB de Frankfurt fue tan amable que me llevó a la estación de tren muy temprano. Ahí me preguntó extrañado a qué iba a Mainz, y cuando le dije que me apellidaba Gonsenheim soltó una carcajada que me sonó a “¿Es neta?” y yo sentí una especie de emoción y orgullo por traer eso impreso en el pasaporte. “¡Soy Verónica Gon-sen-heim, dudes!”, pensaba sintiéndome Anne Hathaway en El Diario de la Princesa; bien Princess of Genovia, vaya.

A Mainz no hay que subestimarla para nada. Ahí nació Gutenberg y por ende, ahí también está el museo de la imprenta. Lo primero que vi al salir de la estación de trenes fueron un par de autobuses cuyo destino señalaba mi apellido. Sonreí. Pero antes de ir a ver si me encontraba con algún antepasado decidí peinar Mainz. Para variar el tiempo apremiaba; esa misma tarde-noche tenía que salir hacia Colonia, así que después de cargar gasolina con un sándwich en forma de balón de futbol (obvio, el Mundial), caminé y caminé y caminé.

Me llamaron la atención dos cosas. La primera, que casi en cada tienda había tarjetas de felicitación y postales. Es decir, les sigue pareciendo buena idea escribir sobre un bonito papel en fechas especiales y no sobre el teclado del WhatsApp. Te amo, Alemania. La segunda, hay muchas jugueterías padrísimas, y en donde no hay un solo juguete electrónico. Eso sí, hay una amplia variedad de Lego y Playmobil (entre ellos el taquero y el futbolista mexicanos), entre otras marcas locales que no podrían estar más chulas. Te amo, Alemania. I insist. Ser lo que son no es de a gratis, créanme. 

También noté que los niños van solos a la escuela, ya sea en bici o caminando, y me pareció un tanto fuerte darme cuenta de lo mucho que algo así me sorprende porque sólo quiere decir que acá, en este México que es tan bonito, ya cruzamos una línea bien triste. Con decirles que hay unas tiendas increíbles en donde venden mochilitas especiales para bicis y cuando estaba a punto de comprarme una pensé “Uy, no.… para que me la roben. Mejor no”. 

Llegó la hora y tomé el camión con destino a mi apellido paterno. Al llegar a la parada indicada me encontré con un mini suburbio con unas casas chulísimas y enormes, muchas construidas en los años 1800. También había un zoológico abierto, básicamente en plena calle, en donde podías acariciar a los animales. Unos pocos restaurantes, papelerías, librerías, muchos de ellos llamados (o apellidados) como yo. Eso sí, nadie hablaba inglés y me sentí bien perdida intentando señalar en un menú lo que quería comer. Aquí quiero contarles que la leyenda dice que si mis antepasados no se hubieran equivocado en la forma migratoria, uno: quizá yo ni existiría, y dos: quizá me apellidaría Becker.

Fue chistoso pensar que los genes de uno vienen de lugares tan lejanos y extraños; tan ajenos como quien te los dio, pero esa... es definitivamente otra historia. Fue bien bonito ir y caminar esas calles y pensar que podría estar viviendo en una de esas casotas, pero por más timbres que toqué mostrando mi pasaporte, nadie quiso reconocerme como oriunda de ese lugar. Por cierto, "Heim", significa hogar.

Había otro tren que tomar. Colonia me esperaba y justo cuando llegué, saliendito de la estación, muerta, más bien exhausta, como ya estaría hasta el final de este bonito viaje, volteé hacia mi izquierda y me topé con la Catedral que es una cosa verdaderamente impresionante. La foto que verán en Instagram no le hace justicia ni al lugar ni a mi shock. De esos momentos lindos.

Y si Frankfurt me había parecido una chulada tecnicolor, Colonia me dejó bien enamorada. Una ciudad mucho más pequeña en la que el día que llegué todos estaban viendo un partido del Mundial (Creo que había empezado ese día, pero no soy la mejor referencia en el tema). La caminé no tanto como hubiera querido porque básicamente sólo fui de paso, pero encontré un lugar bien bonito para cenar y echarme, por qué no, otra chelita y, por qué no, un vinito rosado (el cual ahora es mi favorito). Ahí también eché la lágrima por unas cosas bien lindas que me dijo mi ahijada en un mensaje. Y es que, a la distancia, bien decían los de Big Brother, todo se siente triple.

De ida y de regreso del restaurante crucé un parque, sólo que de regreso ya había oscurecido. Desde que pasé la primera vez había un grupo de gente con una pantalla, viendo el Mundial. Ahora, ya de noche, bailaban y jugaban ping-pong. Había niños y adultos. Eran casi las once. ¿Ven lo perdidos que estamos de este lado? Mientras yo caminaba con recelo y volteando para comprobar que nadie viniera detrás porque la iluminación era mínima y porque la costumbre, ellos la pasaban bomba.

Había que dormir (después de revisar que, ahora sí, todo estuviera en la mochila). 

El itinerario comenzaba a oler a pizza, pasta, espresso y Spritz...

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.