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Viajar sola y perderlo todo (Parte IV)

Mi vuelo a Frankfurt salía a eso de las 9.00 am, por lo que desperté muy temprano, desayuné en el hotel con toda calma y todavía tuve el cinismo de pedir que me pusieran dos Pastéis más para llevar (perdón, en serio perdOINK). Tomé mi Uber con toda tranquilidad; todo estaba muy en tiempo, muy en orden. Pero la vida sucede justo cuando todo está saliendo bien. 

Una vez dentro del área de seguridad del aeropuerto, cuando abrí la mochila para sacar mi iPad y ponerla en una charola aparte, descubrí el compartimento vacío, gracias, y lo primero que vino a mi mente fue la imagen del sacrosanto aparato reposando tranquilamente sobre el buró en donde lo había dejado una noche antes. Imaginen que en mi cabeza empezaron a sonar alarmas en diversos tonos, todas ellas seguidas de un (excuse my French) REPUTÍSIMAMADRE.

Nunca me había visto en la necesidad de abandonar un aeropuerto después de haber pasado por seguridad, así que antes de siquiera considerarlo, pensé que lo más sencillo era llamar al hotel y pedir que me enviaran la cosa esa a Frankfurt. Lo que más me apuraba (además de la obviedad de quedarme sin mi iPad) era que ese mismo día tenía que entregar el trabajo final de la maestría, el cual obviamente también reposaba dentro de la mentada chunche. 

Y entonces miré el reloj… tenía prácticamente 40 min para ir y venir nuevamente y mi optimismo, as usual, pensó “Seeeee, sí la armo”… ¡Y AAAAARRAAAAANCAN!... Sal de seguridad, pide el Uber, luego pídele al del Uber que vuele; evita el microinfarto al ver el tráfico que había sólo para salir del aeropuerto; rézale a todos los santos en los que creas, llama al hotel y pídeles que tengan el iPad casi en la puerta; no llores, sí se puede; deja de mirar el Waze del chofer del Uber que va ganando y perdiendo minutos en una apuesta macabra; respira, Gonsen, res-pi-ra. Bájate en el hotel, espera a que la recepcionista imprima un no sé qué que tienes que firmarle, 25 min… CORRE… CO-RRE o vas a perder el vuelo que te costó 9 euros (aun así me iba a doler, muchachos). 

“You are the best”, fue lo último que le dije al chofer antes de azotarle la puerta y correr con la velocidad necesaria para quemar cada Pastéi que me había tragado. Di la vuelta para entrar a seguridad y ¡PUM!, todos detenidos, casuales, con calma. ¡NO MAMEEEEN!, me va a dejar el avión … Cara de gatito de Shrek para un dude de otra aerolínea que tenía fast track. Funciona. Corro. Paso de nuevo seguridad. Olvido el celular en la charola porque no hay manera de que vaya ya más estresada y distraída. Una mano amiga corre a dármelo. “Last call for the flight, bla bla bla…”, Llegué. Una vez con el cinturón puesto y la respiración más recuperada, abrí mi mochila y me comí el último Pastéi. Me lo merecía. Ya mejor me reí y despuesito, me quedé dormidísima.

Alemania… Frankfurt. Los alemanes hablan “recio” pero están hechos a mano, igual que todo lo que tocan. Ya había tenido la oportunidad de estar en Berlín, que me parece hermosa, pero este lado de Alemania tiene un encanto muy distinto, además de los hombres más guapos que vi en este viaje. También es posible que este haya sido uno de los AirBnB más bonitos a los que llegué esta vez. No sólo era acogedor y estaba lleno de detalles, sino que tuvieron la amabilidad de recibirme con fruta, agua y chocolates. Me urgían. Una vez cargada la batería puse el centro como destino en Google Maps y vi que eran 40 min caminando pero que iba a pasar al ladito del río Meno. A darle. Baño rápido, tenis y otra vez a la vida. 

Los viajes sola siempre tienen buenos momentos, pero siempre tienen también unos pocos momentos climáticos y en Frankfurt viví uno de ellos. Después de caminar a la orilla del río y darme cuenta de que medio mundo andaba en bici, o remando, o echando el picnic y/o la chela a la orilla de ese lugar, me pedí una cervecita para no desentonar, saqué mi libro y me senté en el pasto. Llevaba medio párrafo leído cuando se me vino encima un llanto ridículamente incontenible. No culpemos a la chela que llevaba apenas unos sorbos, sino a lo que leía y a la cantidad de veintes que me cayeron ahí, sentada frente al río Meno, rodeada de gente bonita que parecía ladrar. Y como ahí nadie me conocía y yo lo único que tengo de alemana es el apellido, pues me solté como la Magdalena sin el menor empacho.

Que si la catedral, que si los puentes con sus candados, que si fui y escribí algo sobre uno de ellos nomás porque YOLO; que si cervezas obscuras y claras, que si la sopa de papa con salchicha; que si el pensamiento recurrente “Buenas tardes, caballero, está usted que revienta de guapo”; que si Römer y Römerbeg, que si más cerveza porque caminar cansa y como cansada ya iba, pues me aventé el regresó a pie, otra vez. Mi sueño máximo era llegar al super (obvio), comprar muchas porquerías y meterme a mi cama a ver la serie de Zooey Deschanel que llevaba siglos queriendo ver. Y así fue. En el super encontré unos pastelitos envueltos en mazapán. Pensé que después de eso ya me podía morir, pero me faltaban un montón de días y un montón de cosas. 

Lo mejor estaba por venir y lo que seguía en la agenda era ir a buscar las raíces...

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.