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De terapias y divanes.

Mi última terapeuta, con la que trabajé por primera vez el síndrome de abandono, me abandonó. 

Lo cuento y me río aunque no me causa mucha gracia. Hago lo mismo con casi todo lo que duele porque es la única forma que he encontrado de enfrentar al mundo y todo aquello que no entiendo.
En febrero del año pasado decidí por segunda vez ir a terapia. La primera fue más bien algo alternativo en donde se trabajaba más con el cuerpo y la respiración que con lo que había dentro del lodo. Mi anécdota más poderosa de aquella experiencia fue cuando Ceci, mi terapeuta que todavía me manda mensajes de navidad y año nuevo, me pidió que golpeara unos cojines con una raqueta imaginando que era T (vamos poniéndole nombre, aunque sea una inicial - seudónimo). "No puedo", fue mi respuesta. "Si él te ha lastimado tanto, por qué no puedes lastimarlo tú a él". Solté el primer golpe y me desmayé cual costal de papas, pero esa... es otra historia.
En esta nueva experiencia, la segunda terapeu…

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.