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Viajar sola y perderlo todo (Parte IX)

Me desperté a una muy buena hora que me permitió prepararme un té con la jarra eléctrica que, al parecer, cada europeo tiene en su cocina. También hubo tiempo para probar una de las tartas que mi anfitrión amablemente había dejado. Revisé si llevaba todas mis cosas y contesté una última llamada antes de salir hacia la estación. Para cuando eso pasó ya traía el tiempo encima, pero la fe me andaba sobrando y las prioridades ya me andaban fallando. A esperar el bendito autobús 2 de nuevo. Pasó puntual. Me subí y ¡sorpresa!, de ida a la estación TAMBIÉN había que comprar el boleto en una tabaquería y no una vez trepada en la cosa esa. El chofer me lo dijo tan amablemente como hablan los italianos cuando están hasta la madre de los turistas, y la “amabilidad” no le dio para decirme en dónde había una tabaquería cerca. Cinco cuadras después, con una mochila en la espalda y otra en el pecho, a sepalafregada cuántos grados centígrados, di con el bendito lugar. 
Para cuando eso pasó, no sólo er…

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Chocolates!

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.