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De "Ya no juego"...

Esa popular frase que nos remonta a la infancia, a aquellas épocas en las que algunas veces la visceralidad y otras el cansancio nos llevaban a pronunciar estas tres determinantes palabras: ¡Ya no juego!

Ahora, en mi vida adulta que a veces, confieso, pareciera una vida adulta con un mix de adolescencia no resuelta, siento ganas de volver a pronunciarlas y salir corriendo y/o empujar al primero que tenga en frente. Lo que sucede es que la adultez nos dota de límites, unos impuestos, otros heredados por generaciones y unos más por cortesía de la sociedad, y al cúmulo de todos ellos nos da por llamarle "madurez"... bla, bla, bla.

En fin, pero ¿cómo, cuándo y por qué sería sano aplicar esta bonita frase liberadora que en tiempos pasados nos zafaba del juego y sus reglas? 

A esta que escribe le dan ganas de decir ya no juego cuando el trabajo es mucho y aburrido. No es que me queje de las bendiciones laborales, ¡Jamás lo haría!, pero a veces, sólo a veces, el monitor de la computadora lo único que me provoca es un deseo inifinito de no hacer nada y, como por arte de Murphy, esto sucede cuando lo que debería provocarme es una gana incesante de ponerme a laborar.

Me dan ganas de decir ya no juego cuando sufro una decepción que destroza la imagen de alguien o de algo. Por ejemplo, cuando te enteras de que "fulano y sutana" se separan después de años de una relación que te parecía ejemplar y sin motivo aparente, o por motivo ampliamente conocido y común. Ahí mi ya no juego toma connotaciones adultas y me da por parafrasear a quien una vez dijera: "Me cago en el amor"

También pienso ya no juego cuando escucho ciertas historias de la vida conyugal y materno-paternal que me parecen distantes y confusas contra el concepto (quizá erróneo) que tengo de esas cosas en la cabeza.

Pienso ya no juego cuando pasan cosas fuera de mi control que me vuelven la vida un nudo y que me hacen sentir vulnerable, a merced de los tiempos y las decisiones de alguien más. Veo mermado mi espíritu libre y eso, en automático, me lleva a la frase que titula este post.

He visto pasar 33 veranos (Digo poéticamente para evitarme el sofocón de decir que ya tengo 33 y que ando pisando el siguiente numerito) y hay tantas cosas a las que me gustaría ya no jugar... Lo cierto es que para pararle a ciertos juegos hay que estar dispuesto a romperlo todo y empezar de cero y/o a apostar todas las canicas.

Es domingo, hace un calor de diablos, traigo pocas horas de sueño encima, siento un peso en el pecho que tiene motivo pero no razón y estoy frente al monitor que tiene pegado un enorme y post-it rosa que enumera mis pendientes y me recuerda que sí debería estar aquí pero haciendo otras cosas que me den para la renta de agosto, para los gastos de la casa, para las saliditas, entre otros banales y necesarios placeres de vida; pero decido darle prioridad a un checklist en frío que de pronto me viene a la cabeza:

Ya no juego a mentir, a dejar que me mientan; a sacrificar cualquier mínima historia o anécdota que me haga un ser sensible; a hacer como que no pasa nada justo en medio de mi propio caos, ya no juego a las relaciones de palabra y no de acción, sean del tipo que estas relaciones sean. Ya no juego a ser Violetta, ahora sus fechorías llevan mi RFC y mi rúbrica; ya no juego a hacer ni decir nada que no me de la gana; si no fluye, si no nace desde el fondo de la pura neta, no sale, no se hace, no sucede. Punto.

Y ya por último, siendo no menos importante, Ya no juego a extrañar. A mis 33, hay ciertas cosas que sí me tomo en serio.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.