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De enamorarse como una idiota...


El enamoramiento y sus pinchesmutaciones.


El mundo se voltea de cabeza en cuanto el sentimiento hace su triunfal aparición. La verdad es que yo nunca he sabido delimitar las fronteras entre el enamoramiento y lo que sigue, y tal y como dice mi bio, en esos menesteres nunca me ando con medias tintas "Me enamoro o no y ambas se me notan". Claro que, como ya dije en alguna ocasión, no es algo que me haya pasado millones de veces. Es más, puedo compararlo con la frase aquella de "Los amigos me caben en los dedos de la mano y me sobran dedos", así mis amores, así las historias trascendentales.

Soy una mujer fácil. No me malinterpreten. Soy fácil de sobrellevar, confío en todo mundo, todo mundo me parece un conato de amigo, tengo problemas para verle la maldad a la gente y para acabarme de amolar han habido veces en que la he visto claramente e igual he caído y recaído. Me queda claro que aún conservo cierto cascajo de inocencia del cual, aparentemente, no he podido deshacerme. Pero lo cierto es que enamorarme, enamorarme, no es cosa fácil.

Leí alguna vez en el libro "Comer, rezar, amar" (que honestamente es 1,500 veces mejor que el chick flick) una frase que me pareció tan pero tan cercana a mi proceso de "enamoramiento" o however you want to call it, que me permito reproducirla aquí abajo para intentar desgajar este post:

“Siempre me he enamorado sin tener en cuenta los posibles riesgos. Tiendo a ver sólo las cosas buenas de la gente, pero doy por hecho que todos estamos capacitados para llegar a la cima de nuestra capacidad sentimental. Me he enamorado incontables veces de la mejor versión de un hombre, no del hombre real, y después me dedico a esperar durante muchísimo tiempo (a veces una barbaridad) a que el hombre alcance su máximo potencial de grandeza. En el amor, a menudo, he sido una víctima de mi excesivo optimismo.”

Así las cosas, pero así no muchas veces. Pocas, poquísimas. 

Ahora bien, asumo la responsabilidad y los daños colaterales de ser no sólo cursi de a madres sino idealista en mismo grado. La combinación me tiene loca, con el humor cambiante, con la vida de cabeza porque me descubro vulnerable y ese no creo que sea el estado favorito de nadie. Pero sigo, camino, observo, me observo, me disfruto así, completamente enloquecida, con los niveles de distracción al máximo, con la ansiedad que todos los días me quiere ganar la batalla pero no me pinchesdejo. Y luego respiro, vuelvo en mí, recobro la razón mínimamente, hago mi vida "normal" y pienso que no es para tanto; me miento; me miento como el pan para evitar la diabetes tras un susto, porque lo único cierto es que esto me asusta, porque aunque no sea una sensación nueva, sí me resulta una novedad.

Y vuelvo a agarrarme a la cordura con uñas y dientes y quizá el ancla de todo esto está representada por el mismo personaje que me ha puesto aquí, porque en cuanto vuelo, en cuanto pierdo el piso, hace algo que me dice "¡Hey! ¿A dónde?" y ¡boom!, suena el chasquido de dedos que te saca del trance y que por un lado te hace pensar "Más vale" y por el otro "¡Chingadísima madre!".

Punto.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.