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Del "qué dirán" y otras expectativas.

Ayer no tenía ni cinco minutos de haberme sentado en una reunión cuando alguien, antes de preguntarme cómo estaba, qué era de mi vida, cómo iba el trabajo, preguntó "Bueno, ¿y tú para cuándo te vas a casar?". Mi respuesta fue instantánea: "Nunca". Quien había hecho la pregunta primero dijo "¿De plano?" y después cerró con un "Haces bien. El matrimonio es lo peor del mundo". Cabe señalar que estos comentarios los hizo una persona casada.

Debo decir que la pregunta no me incomodó, pero quizá esto se debe a que a mí el matrimonio no me parece una meta importante, pero a mi edad, hay muchas mujeres a las que una pregunta así puede ponerlas a comerse las uñas.

El otro día hablaba con alguien que tiene muchas ganas de ser mamá pero en este momento no tiene pareja. Está en los treinta y tantos, así que la disyuntiva está entre si debe esperar a encontrar al "indicado" o de plano priorizar su sueño y aventarse a ser madre soltera. En esta situación, el tiempo apremia más por cuestiones biológicas que sociales, pero la presión del segundo tipo es un factor importante para decidir.

La cosa es que las que hemos rebasado los treinta y seguimos solteras estamos ante una situación completamente nueva en la que hay que enfrentar todo tipo de comentarios y opiniones. Muchas se ven en la necesidad de aceptar que la vida de casa, marido, hijos, jardín y perro que soñaron de más jóvenes no ha llegado (y quizá no va a llegar) y que además, es momento de tomar decisiones importantes. Otras simplemente queremos algo diferente.

Salir de los convencionalismos sociales tiene un precio, porque a los ojos de muchos, algo muy malo debe haber con nosotras como para haber llegado a esta edad y no haber formalizado una relación o, peor aún, no haber formado una familia. Como si cualquiera de las dos cosas anteriores garantizara cualquier tipo de estabilidad, desde la emocional hasta la económica; como si la vida en pareja y la maternidad fueran sólo casillas que es necesario ocupar para lograr un lugar digno en este Maratón que es la vida. Como si cumplir con ello te curara de la "terrible enfermedad" de ser una veleta.

Y créanme que no estoy escribiendo este post en el tono feminista que ahora está tan de moda. Lo escribo porque creo fielmente que hoy en día cada quien, sea hombre, mujer, o tenga la preferencia que tenga, tiene derecho a sentirse en libertad de hacer LO QUE LE DÉ LA GANA. La vida es una y siempre está la opción de vivirla a tu manera y la opción de vivir intentando cumplir las expectativas de todos los demás (cosa que, por cierto, jamás vamos a lograr). 

Ser, hacer o DECIDIR una cosa u otra no te hace mejor persona y, por supuesto, no te asegura la felicidad. La felicidad es un trabajo personal que puede o no incluir contratos, pero que definitivamente no se basa en ellos. Cumplir con el "deber ser" únicamente por no quedarse atrás, por no quedarse sólo, por miedo, por gusto, es una zona tan peligrosa como respetable, así como lo es todo lo contrario. 

Así que si usted, sea quien sea, decide casarse, no casarse, embarazarse, no embarazarse, arrejuntarse, acostarse, besuquearse, separarse, divorciarse, irse, quedarse, y continúe con su propio etcétera, por propia CONVICCIÓN: Hágalo. Asuma las consecuencias, que siempre las hay, y permita que los demás hagan lo mismo. 

Benito Juárez y su frase sobre el respeto al derecho ajeno no estaban nada perdidos, al parecer los perdidos somos nosotros, viviendo una supuesta modernidad que en lo más profundo sigue oliendo a puros prejuicios.

Quizá la próxima vez que alguien me pregunte algo como lo de ayer, solamente le pida que escuche la rola que aparece a continuación, o quizá solamente sonría y de nuevo conteste "Nunca", estando en pleno derecho a cambiar de opinión cuando así me parezca adecuado.


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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.