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¿De qué nos enamoramos?

La pregunta que da título a esta entrada es genuina y les pido que hagan su propio análisis y saquen sus propias conclusiones, y, de no ser mucho pedir, les pido también que las compartan en los comentarios. 

Hace unos días, pensando en historias cercanas y otras no tanto, me pregunté si nos enamoramos de la esencia del otro, de aquello que demuestra ser capaz de hacer por nosotros, o de una mezcla de ambas cosas. Es por eso que decidí escribir este post con mi propio análisis… a ver qué sale:

1) Enamorarse de la esencia

En esta posibilidad, el amor platónico no juega. La esencia del otro es un todo: lo bueno y lo malo, lo que nos gusta y lo que nos saca de quicio, TO-DO. Claro que el proceso de conocer a otro ser humano en el tipo de relación que sea (familiar, amistosa, amorosa, etc) es eterno. Jamás llegaremos a saber quién es el otro al 100% (creo que ni siquiera llegamos a saber al 100% quiénes somos nosotros mismos), pero es cierto que hay gente con la que logremos un nivel de intimidad tal, que nos permite ver a sus ángeles y a sus demonios. Una vez cruzada esa línea, la decisión de quedarse es de campeones, de gente que sí quiere jugársela porque sabe que el otro en cuestión lo vale.

Alguna vez alguien muy querido, actual pareja de otro muy querido, me dijo "Fulanito es berrinchudo, le gusta que se haga lo que dice, sí, sí, ya conozco sus defectos, pero sus cualidades son tantas que puedo con todos ellos". Cuando me lo dijo apenas iniciaban su relación, pero supe que llegarían lejos. Había voluntad, pero sobre todo, había una imagen nítida del otro. 

Ahora bien, eso de "ver" al otro y al mismo tiempo "dejarse ver" por él es un proceso que no tiene regreso. En caso de que por cualquier motivo la relación termine, no hay quien vuelva intacto de esa comunión, si es que ésta fue verdadera ya sea de forma unilateral o bilateral (esta última incluso con consecuencias parecidas a los daños posteriores a un sismo).

La esencia es lo que nos hace únicos, quizá sea ella la que nos permita elegir a "éste" en lugar de "aquel", porque en "éste" vemos algo más, algo que sólo nosotros entendemos y que no tiene por qué tener explicación. Y quizá ya dándome un viaje astral, les diré que creo fielmente que "esencial" no viene de "esencia" por pura casualidad. Hay personas que son esenciales, nos guste o no; se queden o no.

2) Enamorarse de lo que el otro demuestra ser capaz de hacer por nosotros

Peligroso… Desde mi punto de vista. Ya que si esto es lo que nos mueve, es posible que el otro no esté cumpliendo más función que la de llenar un hueco y el ser humano está lleno de ellos. Que si los traumas, que si las ausencias, que si los daddy/mommy issues, que si la falta de atención, coloque aquí su propio etcétera. 

En el punto número uno hablo de ver al otro en esencia y de aceptarlo como tal. Quizá lo peligroso de este punto radica en que el otro no es una máquina que genera buenos momentos para mí. El otro es otro, con defectos y virtudes, como diría la D'alessio, y aquel que hace cosas por nosotros todo el tiempo, en cualquier momento puede cambiar de opinión, ya sea por voluntad propia o simple y sencillamente porque él también tiene necesidades y malos ratos, y siendo así ¿lo seguiremos "amando" igual?

Hace poco alguien me dijo una frase que decía algo como "Con (inserte aquí un nombre) nunca ha habido magia, ni chispas, pero hay otras cosas…" y por más que quise aguantarme no pude y tuve que preguntar a qué cosas se refería. La respuesta fue "Tiempo, historia". A mí me pareció triste, pero imagino que además de esta persona, hay para quien este argumento puede ser válido. Comprendo que el amor se transforma, que de otra forma no avanza, pero decir que con alguien NUNCA ha habido magia hace que "nunca" sea una palabra tristísima. 

¿Será que hay quien sólo funciona en equipo, independientemente de si el otro es o no su cómplice?

3) La combinación de ambas

Yo digo que esta sería la zona neutra, casi, casi el ideal. 

Estar con alguien porque logras verlo y logra verte en todo tu esplendor, y porque lo que ven ambos les gusta a su manera. Estar con alguien porque juntos son capaces de construir, de generar magia, chispas, incluso de tolerar que las chispas no sean siempre de amor y pasión, de comprender que habrá veces que sean de desesperación, de ganas de tirar la toalla.

Estar con alguien que te enamora a su manera y alguien a quien tú enamoras a la tuya. Alguien con quien puedes negociar, con quien sientes reciprocidad de la forma en la que a ti te funcione. Alguien con quien estar por mucho más que simplemente estar ahí.

Hace años le pregunté a alguien por qué se había casado y me dijo que el matrimonio era un acuerdo muy conveniente, que te ponía límites. Me encantaría poner miles de puntos suspensivos después de esto para darle el dramatismo que considero necesario, porque estar con otro para que me limite me parece que habla mal de mí y peor de la otra persona. Estar con otro tendría que impulsarte a crecer, no a acomodarte. Y es que tener que "dar cuentas" no limita a nadie, hay a quien solamente lo vuelve más creativo a la hora de mentir. 

En fin, yo, que cada vez asumo más mi soledad como una decisión más que como una carga, creo cada vez más fielmente que estar con otro tiene que aportarte algo que vaya mucho más allá de pagar las cuentas juntos o de poner fotos en Facebook. Tiene que ser algo que tenga poco que ver con el "qué dirán" y un mucho con el "qué sentimos".

Cómplices de los chidos, de los que cada vez hay menos. Eso, nada menos.

¿Y usted de qué se enamora?

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.