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De apuestas y otros peligros...


Hagan de cuenta que me siento en una silla imaginaria en medio de este cuarto imaginario que es mi blog y al que ustedes acceden ya sea por gusto o por error. Igual se les agradece.

Y entonces les digo que... A mí mejor amigo lo perdí a besos y por una apuesta. 

Esa historia de la que he dado pinceladas en varios de estos posts, está a punto de ser medio pintada hoy que es una de esas noches en las que tengo más trabajo que el corrector ortográfico de algunos y que, casualmente, Spotify, que está en random, decide aventarme "Round Here" de los Counting Crows pa aquello de la "inspireishon". Ni pex, cuando hay que teclear, hay que teclear.

Corría el año 2005; yo en aquel entonces estaba recién desempacada tras un año en los "Yunited" y regresé con una confianza en mí misma que, yo pensaba, era a prueba de bala. Y más bien la bala era yo porque me sentía la tal Violetta de Velasco y fui y vine poniéndola como estandarte  junto con "Drops of Jupiter" como mi himno. Me parecía gracioso hacerme la mala, la "todas las puedo" y aunque en el fondo siempre he sido una pinche cursi, el papelito me lo creyeron varios.

Todo sucedió una noche de octubre en la que él y yo, envueltos en el ocio de escanear fotos de su viaje a Europa, hicimos una apuesta basada en una corcholata de chela (en aquellos tiempos, la cerveza Sol regalaba otra idem al destaparlas) La apuesta era simple: Si nos ganábamos la chela, nos besábamos. ¿Qué les puedo decir? se me hizo fácil y tentador jugar con fuego y acabamos a varios besos en las escaleras de mi casa. Ustedes pensarán que ese fue el principio, pero yo más bien pienso que ese fue justo el principio del final. A partir de ese momento se me olvidó lo esencial y le di valor a lo que pensé que era evidente. 

Cuando uno es mejor amigo de alguien le sabe mucho, mucho más de lo que querrías saber si fueras su pareja. El punto es que a partir de aquella noche de octubre a mí se me olvidó todo lo que le sabía y me dediqué a darle fuerza a lo que creía saber. Se me olvidó todo lo que había visto, escuchado y demás. Mis sentidos me jugaron chueco... empezando por el sexto y terminando por el común.

Para no hacerles el post largo, la traición absoluta de mis propios sentidos duró 8 años, 8 años de historias, de silencios, de canciones, de lágrimas, de muchas risas, de mentiras, de verdades absolutas, de pláticas interminables, de cartas, de mensajes, de sorpresas, de viajes, de despedidas, de reencuentros y un amplio etcétera... en fin, 8 años de un desmedido, incondicional y peligroso amor que me puso al borde de un precipicio al que salté en bungee varias veces hasta que en la última decidí cortar la cuerda y tocar fondo. Así pasa cuando sucede, cuando una mañana del lunes menos esperado (que no es hoy) abres los ojos y sin querer recobras la cordura. 

Aquella noche aposté una amistad muy importante y el resto de esos años le aposté a esa misma amistad todas las fichas que tenía en mi mesa, y cuando estas se me acabaron pedí prestadas y seguí jugando, enviciada, embelesada ante una idea, ante una doble visión. 

Me siguen gustando las apuestas, me gusta lo que implican, la mínima descarga de adrenalina que llevan consigo, pero lo cierto es que ya no me gustan las apuestas en las que uno tiene la posibilidad de perder mucho más de lo que se jugó, esas apuestas en las que los dados están evidentemente cargados me dan miedo, me dan ganas de correr porque hoy estoy sentada en esta mesa con tan pocas fichas que no pienso jugármelas tan al azar, prefiero seguir observando.

Y ya para cerrar, sépanlo bien, de esa historia a medio contar no me arrepiento. Fin.


*Tira los dados*





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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.