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De temblores terrestres y humanos...


La tierra nos ha recordado en los últimos días que somos susceptibles a sus movimientos inesperados. Los temblores nos han sacado de la rutina y a quienes vivimos aquel terremoto del 85, nos han hecho dudar, al menos por unos segundos, si nos estamos enfrentando a algo similar. Sin embargo no ha pasado a mayores, todo ha quedado en susto y todos hemos continuado con nuestras vidas, y hasta me atrevo a decir que hoy por hoy vemos los sismos y réplicas como algo cada vez más cotidiano.

Sin embargo, todo esto de los temblores me ha llevado a un romanticismo barato que no es otra cosa que inspiración para esta entrada de blog.

Temblar.
La verdad es que más allá del miedo que ocasiona que se nos mueva el piso sin que podamos hacer mucho, temblar es un acto que nos demuestra que estamos vivos. Temblamos de frío, de miedo, de nervios, de ganas, de coraje, de emoción; temblar nos recuerda nuestra capacidad para sentir.

Los temblores de tierra, y tal y como lo menciono al principio, son quiebres de rutina, recordatorios, pequeños movimientos que tocan fibras que nos llevan a buscar a los nuestros para saber si están bien aunque sepamos que no pasó nada. Basta con pensar quiénes son los primeros que vienen a nuestras mentes cada que nos enfrentamos a estas sorpresas. En mi caso la lista es muy clara y en esa lista sólo hay alguien en quien invariablemente pienso pero a quien jamás he llamado para ver si está bien. Pero esa... es otra historia... en realidad la misma de siempre.

Esta que escribe solía tenerle verdadero terror a los temblores, en algún momento de mi vida fui famosa entre mis conocidos por ponerme bien loca cada vez que ocurría alguno. Dejé de ponerme así hace algunos años cuando viví uno sola por primera vez y me di cuenta que o me controlaba o me controlaba. 

Eso en cuanto a los temblores terrestres; en cuanto a los otros, esos que me enfrentan al miedo de haber reducido mi capacidad de sentir y me demuestran lo contrario, de esos sí soy bien pero BIEN fan.


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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.