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De una historia de adolescencia y Axe de Chocolate...

El principio de esta historia se remonta a una carcajada mía en un lugar "equis" que bien podría ser "El caracol de oro" de Coyoacán. El jóven personaje aquel se había plantado frente a mí a decirme que quería ver si podía llegar a algo conmigo; acto seguido, me reí en su cara. El permaneció impávido ante mi risa y también cuando le expliqué todos los motivos por los que su propuesta era impensable. Permaneció también así cuando buscó y encontró todas y cada una de las formas de llegar a mí y yo quedé igual cuando meses después me dí cuenta de que lo había logrado.

Yo, como en "La chica de humo", ya había dejado atrás los 20 y él andaba cerca de alcanzarlos. Fué así como mi determinante declaración de "Nunca andaría con alguien más chico" se hizo cachitos, cachitos de recuerdos que recorren esta ciudad desde Toreo hasta Xochimilco y llegando hasta San Cristóbal.

Y fué así como mi adolescencia no resuelta se enamoró de un adolescente consumado. Sí, se enamoró. El depositó en mi sus fantasías y yo puse en él lo que en ese entonces pensé que eran los restos de mi fé. La fórmula nos funcionó poco más de 7 meses hasta que nos golpeó la realidad como a un amnésico que de pronto recuerda en dónde está y quién es quien. De aquel golpe no hubo regreso, sino un efecto dominó en cadena que arrasó con la historia como mar contra castillo de arena. Lo anterior no lo digo en un tono poético y cursi de hueva, sino porque es la única metáfora que me alcanzó pa entender.

Aquella historia que comenzara con una carcajada unilateral, terminó con llanto bilateral en un lugar público, el día que nos descubrimos impotententes ante nuestras realidades tan distintas.

El texto que aparece abajo, sacado de uno de mis libros favoritos y acompañado de chocolates con mazapán de Sanborns, apareció en mi puerta hace ya muchos ayeres, buscando volver. 

Siendo yo ¿Cómo no me iba a enamorar?
No hubo regreso.

Lo que pasó después de aquello, es historia; historia no digna de contarse.

Hoy simplemente me acordé, como me acuerdo cada que alguien huele a Axe de chocolate.

Yo no sé si usted llegó a mi vida con la misión expresa de rescatarme de una guillotina inminente, pero es cierto que su llegada me salvó de escoger entre la muerte y la locura.

La locura: una cárcel distante cuyas puertas son tanto más nítidas cuanto menos uno se resigna a vivir en el horror. La locura no brota como una súbita infección en el cerebro. La locura es aquella enfermedad que sólo amenaza cuando ya sus uñas se han alojado en las entrañas, de modo que pelear con ella es también despedazarnos el vientre, oprimirnos los pulmones, perder el miedo a la muerte como se pierden la inocencia y el amor.

El amor es un bien que no he perdido. Cuando entre las condiciones que se le ponen al amor no se halla la correspondencia de quien se ama, y en realidad tampoco puede hallarse ninguna otra porque se ha decidido amar incondicionalmente, el amor, que por su propia vehemencia vive más allá de posesiones tan irrelevantes como el bienestar y la cordura, sólo puede perderse con la vida. No he muerto, luego amo.

Amo a una mujer a la que no conozco, y tal vez a ello se deba que no pueda cesar de contemplarla cada vez que la ausencia del mundo me brinda el anestésico de la soledad. Sé que esa mujer existe, podría dibujar la fachada de la casa donde vive y pienso, porque así aún lo quiero, que ocupo algún lugar en su memoria; pero a mí la memoria no me ha servido sino para frenar mis pasos, atar mis ojos al interior de los párpados y proyectar en ellos la película más obsesiva del mundo: Dalila.

Dalila es un nombre que no tiene cuerpo. Dalila es la palabra que a diario me visita pero jamás se queda a dormir. Dalila son seis letras formadas por cuchillos. Dalila es el principio de la música y el fin de la plegaria. Dalila es ese nombre que un día escribí en los muros de la casa de Dios; desde entonces acaricio su textura, tal como otros recorren con manos, boca y ojos a sus mujeres. Dalila se pronuncia degollando la lengua, y luego acariciándola. Es el nombre que tuve que inventar para ocultar al otro: el innombrable, aquél que sepulté para ya no decirlo ni pensarlo ni escribirlo. Y si hoy abandono mi juramento y escribo ese nombre en el sobre donde habrán de viajar moribundas de miedo estas palabras, lo hago con el solo propósito de que lleguen hasta usted, aunque con la secreta esperanza de que jamás lo logren. Quiero pedirle perdón por mi atrevimiento, por mi cobardía y por cada una de las debilidades que con seguridad me hacen indigno de habitar sus recuerdos. Pero antes de narrarle una historia que es más suya que mía, debo también pedir perdón por ella, por Dalila.

Dalila es usted.


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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.