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Viajo sola, y está bien.

En junio del año pasado decidí que no quería volver a viajar sola. Debo decir que me equivoqué. Esta práctica la inicié por ahí del 2001 cuando sin haber estado ahí antes y sin conocer a nadie, me lancé a  la ciudad que hasta ese entonces era mi sueño: Nueva York. El resultado se convirtió en una adicción que se ha replicado en otros lugares de México y del mundo, porque lo cierto es que me gusta mucho lo que escucho cuando no oigo nada, y entre más lejos mejor. 

Ya hay en este blog una entrada al respecto y espero no ser repetitiva, pero de verdad creo que no hay mejor forma de saberte y conocerte que cuando no te habla nadie. Creo que la decisión de junio tenía mucho más que ver con otro tema y no con esos viajes de desconexión que me son tan necesarios, que me devuelven tanto. 

Mucho me han preguntado si cuando viajo sola me gusta conocer gente. La respuesta es "no". Cuando viajo sola soy la más antisocial porque generalmente cuando lo hago me urge regresar a mí; se trata de un acto extremadamente egoísta en donde lo último que me interesa es conocer la historia de nadie porque cuando viajo sola  por lo general me estoy reconciliando con la mía.

Son días de silencio, de lectura, de música, de honestidad, de comer sin prisas, de observar. Y hay que decir que en eso último se lleva uno tremendas sorpresas, porque para los que les parezco "rara", sería un buen ejercicio sentarse a ver la cantidad enorme de gente que viaja con alguien pero en realidad también está viajando sola. Cuando veo esas cosas, me preocupa cada vez menos la cara de sorpresa de meseros, hostess, recepcionistas y cualquier etcétera turístico que me haya escuchado decir "Una" después de haber preguntado "¿Cuántas personas?".

En esta ocasión la práctica también incluyó dejar el celular en la habitación durante buena parte del día. La libertad absoluta. El no tener que estar. El aprendizaje de los límites y los espacios. El egoísmo ab-so-lu-to. La reconexión.

Pensé que no quería volver a hacerlo; estaba equivocada. Lo necesito, es parte de mí. Creo que me refería a algo mucho más grande. Eso también lo descubrí en el silencio.


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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.