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Viajar sola y perderlo todo (Parte X)

Otra vez Termini, otra vez al tren. La combinación de capuchino + croissant hizo su milagro ya conocido y me dio fuerzas para el trayecto en tren más largo de esta historia, tanto por distancia como por condiciones. Casi 5 horas en un tren sin aire acondicionado, con un calor que nuevamente me hizo dudar si ya me había ido al infierno, y con un tipo haciendo ese asqueroso ruido que se produce en la garganta cuando intentas traer las flemas a flote. Mismo ruido cada 5 minutos. Cuando pensé que era la única que estaba a punto de matarlo, escuché a las dos señoras inglesas que venían frente a mí (in-gle-sas = amas y señoras de la propiedad y el decoro) quejarse del sujeto y malmirarlo con toda la fuerza de su sangre británica.

Cuando noté que faltaba todavía una hora y no había mucho que hacer contra el calor ni contra el tipo, decidí apreciar el tremendo paisaje que había en la ventana. Estábamos bordeando la costa y yo habría dado mi reino entero (que en ese momento se componía de una mochila con más ropa sucia que limpia, unos cuantos euros y algunos souvenirs) por tirarme en una de esas playas que parecían el oasis más bello del mundo. Cuando llegamos a Pisa me bajé del tren no sin antes malmirar con toda mi sangre latina al marrano de la fila de atrás. 

Haber tomado un camión a mi destino fue la cosa más irrisoria del mundo porque tardé mucho más en esperar a que pasara que en bajarme. El AirBnB parecía de cuento. Una pequeña casa tipo cottage con varios cuartos acondicionados para recibir a los viajeros y con una cocina común que tenía todo lo necesario para cargar pilas.

La rutina de cada parada. Baño, cambio de ropa, tenis y a la calle. Las calles de Pisa son angostas y parecen de cuento, como el AirBnB. Italia es un país bellísimo por donde se le vea. No tiene pierde. Gente bonita, bebidas grandiosas, comida ídem, arte e historia por todos lados; be-llí-si-mo.

Cuando iba en busca de la torre de Pisa descubrí que me urgía comer, así que hice una parada estratégica en un típico lugar con mesitas afuera. Entre menos dinero me quedaba, menos escatimaba en el precio de lo que me comía-bebía; total, ahí estaban las tarjetas. 

En aquel lugar me pedí un plato enorme de gnocchis con su respetiva botella de vino rosado y el último tiramisú de esta ocasión. Para cuando se acabó la botella, el lugar me daba vueltas y me reía de todo y con todos. Estaba nerviosa, emocionada, y al mismo tiempo llena de incertidumbre y deseando que el siguiente destino fuera tan increíble como lo había esperado por meses. 

Llegué a la Torre de Pisa en tal estado etílico que hasta pensé que estaba derecha. Ese momento, ese primer encuentro, me tomó totalmente por sorpresa. Sabía que iba a encontrarme con ella, eso decía Google Maps antes de sentarme a comer, pero no sabía que sería tan pronto. La zona en donde se encuentra parece irreal y con alcohol de por medio parece más bien un sueño. Creo que ese día vi el cielo más azul de todo el viaje. No creo que haya sido por el vino porque las fotos de ese momento avalan lo que digo.

Ya no quería ver ni conocer nada más. Me senté un buen rato sólo a ver los alrededores y a observar a toda la gente que se toma fotos sosteniendo o empujando la torre. Ahí mismo reventó la epifanía que se venía cocinando desde que pisé el viejo continente: ya no quería viajar sola. He hecho esto desde los 24. Quienes me conocen saben que no tengo empacho en tomar una maleta e irme a lugares desconocidos en donde tampoco conozco a nadie. Me gusta, me reta, me saca de mi órbita y me ayuda a re-conocerme. Realmente creo que todo el mundo debería viajar solo al menos una vez en su vida porque ahí es donde uno realmente conoce sus límites. Estando sola no queda más remedio que escucharte a ti misma. Así que ahí, frente a la Torre de Pisa, supe exactamente con quién quería viajar y qué era aquello con lo que a mi regreso ya no iba a poder.

La reacción química que provocó ese descubrimiento, mezclado con la incertidumbre y la inseguridad ofrecidas por mi interlocutor, provocaron un pequeño caos que probablemente me haga tener un recuerdo semi-amargo de Pisa hasta que lo cambie por uno mejor, hasta que Pisa y yo volvamos a vernos. 

Después de la noche más larga de esos días de viaje, de cuestionarme absolutamente TODO, llegué al aeropuerto todavía en estado zombie y sin estar muy segura de lo que estaba haciendo. “You are going to London, right?”, la pregunta de la señorita del mostrador me devolvió a la realidad: I was going to London. Después de meses de planearlo/soñarlo, I WAS GOING TO LONDON. Me cambió la cara. Compré una botella de Chianti y un paquete de prosciutto. 

I WAS GOING TO LONDON…

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.