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Viajar Sola y Perderlo Todo (Parte VIII)

Comenzarán a notar que los relatos de este viaje se hacen cada vez más cortos. No es casualidad. Como lo dije en alguna entrada anterior, a partir de Italia el cansancio se manifestó en grandes dimensiones, lo que hoy hace que tenga que sentarme a intentar recordar los detalles de mis recorridos con mucha más paciencia. Tampoco es casualidad, pero esa... es otra historia. Llegué a Bolonia a eso del medio día pero no recuerdo mi trayecto desde Verona. Sé que fue en tren, pero no recuerdo ni mi llegada a la estación de Verona ni cómo era el bendito aparato que me llevó a la pequeña ciudad con la mejor pasta que comí en estos andares. 

Mi primer recuerdo se remonta a verme salir de la estación de trenes de Bolonia para buscar el autobús que mi host del AirBnB me había señalado. Era el autobús 2 y se tardó varios minutos en llegar. El calor era, una vez más, digno de los infiernos. Cuando por fin apareció, intenté abordarlo para encontrarme con la novedad de que el boleto se compraba en la tabaquería de la estación y no en el autobús, como normalmente se hace. El primer autobús 2 se fue sin mí mientras yo mentaba madres en español e italiano rumbo a la tabaquería.

Pasaron otros 20 minutos. La puntualidad en el transporte público es otra cosa que me sorprende y fascina del otro continente. Si el horario dice 12.42 pm, el autobús pasará a esa hora, casi siempre. Al siguiente día Murphy me jugaría una mala pasada en este tema, pero vamos por partes.

Me tocó ir parada en el autobús. Intentando balancear mi peso y el de las dos mochilas que llevaba para no caer encima de alguno de los buenos samaritanos que me acompañaban y a quienes, en varios casos, les urgía un regaderazo o de menos un desodorante... Porca Miseria. Agreguemos el hecho de que mi estómago sólo traía dentro un croissant y un cappuccino. ¿Ven lo que les digo sobre los aprendizajes? Hay que comer periódicamente para mantener la serenidad, el buen humor, y para salvaguardar la seguridad de los demás.

Finalmente llegué a mi siguiente casa prestada. Un mini estudio monísimo con TODO lo necesario para volver a poner los pies en la tierra, el cuerpo en la regadera (¡una regadera con acondicionador!), la mochila en cualquier lado y un litro de agua en la garganta. Baño, cambio de ropa, tenis, ¡a la calle!

En Bolonia todo es y parece histórico. Está llena de construcciones con arcos que se parecen mucho a ciertos lugares de Guanajuato y cada edificio es para babear unos minutos viéndolo. Hay librerías, bibliotecas, museos, teatros, plazas, mercados y cafés. Y fue caminando por una de las calles que creí reconocer la tonada de “Despacito” pero tocada por una banda que me parecía estar en movimiento y acercándose a donde yo estaba. Pensé que se trataba de un ataque de homesickness pero no. A los pocos minutos pasaron a mi lado 5 individuos tocando y cantando (con un claro acento italiano) la bendita y choteada canción por toda la calle. A su paso, la gente aplaudía y a mí me dieron ganas de llorar. Les digo... el cansancio, la distancia, las dudas, lo incierto, todo se estaba haciendo más grande. Justo cuando terminaron de pasar los músicos ambulantes, caminé media cuadra y lo que encontré fue la vitrina de un lugar que se dedicaba a hacer pasta fresca. Desde ahí podías ver todo el proceso claramente, y mientras observaba cómo cortaban los espaguetis me puse a llorar como si hubiera habido motivos. La escena era bonita porque los de adentro estaban tan clavados en lo suyo que ni notaron que alguien en la ventana los miraba en un drama. La verdad es que en otras circunstancias me habría dado pena mi inexplicable ridiculez, pero como cada quien estaba en lo suyo, seguí viendo lo que hacían dentro con todo y mis lagrimones.

La comida en Bolonia merece su propio párrafo. Lo que conocemos como Espagueti a la Bolognesa no es más que un espejismo. La verdadera receta se llama Tagliatelle a la Ragù, y son unos tallarines en salsa de carne con una consistencia que de sólo recordarla me está haciendo babear de nuevo. Por supuesto que lo anterior sabe mejor si te lo pasas con la ayuda de un par de copas de algún Chianti, pero sabe aún mejor si son tres. El toque final lo dan un espresso y un tiramisú... ¡BURP!

Aquella tarde la lluvia me hizo volver más pronto de lo esperado al estudio, pero como dije antes, cuando hablo de “la tarde” me refiero en realidad a las 8.30 de la noche. En lo que pasaba el autobús 3 me senté en la banqueta a ver pasar gente. La lluvia no nos estaba haciendo mella, todos estábamos en lo nuestro con todo y el clima.

Mi siguiente tren salía al siguiente día y me llevaría rumbo a Roma, pero antes de abordarlo hay otra mini-aventura con la que iniciaré la Parte IX

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.