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¿Desde dónde duelen nuestras pérdidas?

"Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales".-Miguel Delibes

"No me dolió que se muriera mi hermano, me dolió que se muriera el hijo de mi mamá". A partir de esta frase que vino de alguien muy querido y del hecho de conocer el contexto lo suficiente como para entenderla, surje esta entrada de blog en la que no pude evitar preguntarme desde dónde nos duele aquello que nos lastima.

La pérdida es algo que tarde o temprano todos vamos a enfrentar. Unos más temprano que otros. Claro que si me pongo filosófica y me azoto un poco, puedo decir que el primer sentimiento que experimentamos al llegar a este mundo probablemente sea ese: el de perder algo. Perdemos la seguridad del único lugar que conocíamos, la conexión directa con nuestra madre y la paz que nos era familiar.

Y así, entre más pasa el tiempo, vamos acumulando pequeñas, medianas y grandes derrotas que, las más de las veces, nos van haciendo más fuertes, o al menos nos van permitiendo enfrentar la vida con más soltura y menos apego (eso que muchos llaman "madurar").

La cosa es que rascar en las profundidades del dolor y las pérdidas puede ser un ejercicio duro y para el que, puedo asegurarles, esta que escribe no es precisamente buena. Mis áreas fuertes en estos temas quizá están en que mi introspección casi siempre es "por encimita" y a partir de ella logro conclusiones que me permiten calmar a mis propios demonios. 

Pero no vine aquí a auto-psicoanalizarme, vine a preguntarles de manera retórica si se atreverían a enlistar las cosas que han perdido y a seguir su trayectoria; es decir, a tomarse el tiempo de saber desde dónde les dolieron y si supieron cerrarlas, si las guardaron en un cajón o si de plano vienen cargándolas y a veces hasta replicándolas. Difícil, ¿cierto? . 

Y es que hay cosas que duelen desde el ego, otras que duelen desde la infancia, algunas que duelen desde la impotencia y otras, como la que inspiró este blog, que incluso duelen desde el dolor de alguien más. 

Los vínculos son sensibles a la presencia pero la presencia no siempre tiene que ver con estar en el mismo lugar que otra persona, tiene que ver con ser significativo para alguien más y eso va mucho más allá de la sangre y los parentescos. La red que nos sostiene y de alguna manera nos conecta no sólo con las alegrías sino con los dolores de otros, está formada justo por esos vínculos. Quizá ese sea el núcleo de la empatía.

Porque lo único seguro es que todos hemos perdido y vamos a volver a perder algo. Todos vamos a volver a caer. Así que mi deseo para cerrar esta reflexión es que la red que los sostenga sea del tamaño que prefieran pero que sea fuerte, estoica, y que les permita lanzarse a ojos cerrados, ya suficiente incertidumbre hay en lo que a todos nos falta por vivir.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.