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De postergar lo inevitable


En los 33 años que llevo rondando este mundo, nunca he conocido a alguien para quien los finales sean algo fácil. Lo cierto es que cada quien los vive de manera distinta y los exterioriza idem. Pero entiéndanlo, a nadie le gustan, sólo hay quien los asimila mejor, como a los lácteos y los irritantes.

La postergación de lo inevitable es cuando uno de los involucrados se da cuenta de que las cosas, como todo en la vida, están caducando y comienzan a expedir un olor fétido que se va haciendo más y más evidente. Quizá pensarán que el que se da cuenta primero resulta ser el más jodido,  pero lo cierto es que el que lo nota antes tiene una ventaja de tiempo por sobre el que se va a enterar al último.

Sépanlo: no hay finales misericordiosos. La memoria, en un acto enemigo, ataca con los recuerdos más nítidos de los mejores momentos, en una presentación fotográfica a la que, si se le agrega música, puede resultar por demás venenosa.

La postergación de lo inevitable es parte del duelo, es ese momento en el que el cerebro y la emoción se avientan un mano a mano y en donde uno sabe muy bien quién va a perder, pero no importa, la esperanza siempre es lo último que muere.

La postergación es ese momento en el que te preguntas 500,000 veces "¿por qué?" y te surgen otras 500,000 respuestas que igual no sirven de nada. El hueco que predice el futuro es demasiado grande y entre más pienses, más profundo cavas el hoyo de lo evidente. También es ese momento en el que uno rompe récord en justificar al otro; la ceguera primaria que le dicen.

La postergación del final es subjetiva, cada quien sabe hasta dónde se engaña o hasta dónde aguanta, cada quien sabe cuándo llega el día en el que te levantas y dices "no más", pero de que llega, llega.

Y es que cada historia, lo queramos ver o no, se lleva un pedacito de nosotros y ¿a quién demonios le gusta despedirse de sí mismo y además tener que despedirse de otra persona?

No hay finales inevitables, pero ojalá la vida permitiera finales más dignos, finales en donde uno pudiera dar las gracias y tener el valor de decir "ya no quiero/puedo" en lugar de hacerlo ver con una serie de actos que no rompen sino que sólo desgarran. Típico.

No quiero arruinarles la noche, pero todo en esta vida se termina; algunas cosas terminan por causa natural y otras tantas terminan porque naturalmente así tenía que hacer.

Tendríamos que aprender un poco más de ortografía emocional y saber poner puntos finales y puntos suspensivos en donde realmente van, no en donde "nos suena" que hay que ponerlos.

FIN.



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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.