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De Verborrea y otras enfermedades contemporáneas...



Comienzo este texto diciendo que soy cada vez más fiel a la idea de que el clítoris no está realmente en donde nos han indicado; el clítoris más bien se ubica en algún lugar dentro del oído. 

Las mujeres tenemos una tendencia genuina y genérica a enamorarnos de las palabras y todo indica que los seres del sexo masculino poseen una conducta aprehendida a lo largo de la historia en la que se han dado cuenta de que poseen un arma letal y están dispuestos a utilizarla ya sea con fines lucrativos, sexuales, didácticos, lúdicos, personales y un infinito etcétera.

El problema radica en que no son muchos los que están dispuestos a acompañar su verborrea de acciones y entonces ese slogan político del gobierno Chiapaneco ("Hechos, no palabras") se convierte más bien en un grito de guerra de las mujeres que, sin importar antecedentes, caemos una y otra vez en la red de un bien plantado "Me encantas", entre otras frases más o menos populares.

Nosotras, que poco necesitamos para hacer de una frase una película, de pronto llegamos a una edad en la que nos vemos ante la disyuntiva de: 

a) Creernos todo lo que nos dicen y dejarnos llevar por la corriente hasta que comprobemos que lo dicho era cierto o más bien un medio para llegar a un fin cualquiera

ó

b) Ya no creer en absolutamente nada; "Desconfiar hasta del árbol" como la mamá de Paulette y poner en duda hasta el apellido del individuo hasta no ver su IFE

Y es que el arma de la Verborrea sí es verdaderamente poderosa, el problema es que pierde power cuando no va acompañada de una buena memoria y para acabarlos de amolar resulta que en esos menesteres de acordarnos hasta del más mínimo detalle, las mujeres somos masters. Nada más demoledor para una mujer que el choque de dos mundos, la oda a la incongruencia representada por la palabra y la acción.

Platicaba con una amiga y nos preguntábamos si acaso era posible que no dimensionaran el peso de lo que dicen. Como que en el fondo nos negamos a creer que en realidad todo  tiene una intención oculta y entonces nos da por creer que "no se dan cuenta". Pero es que eso de pensar lo contrario nos llevaría derechito a la "opción b", nos volvería totalmente incrédulas, desconfiadas, y en el fondo todas seguimos, a pesar de los pesares, buscando creer en algo. 

Total que en esos casos en los que se les llega a "caer el teatrito", una queda perpleja (sí, a veces también queda una con lo que rima con esa misma palabra) y en el repaso del "por qué" vamos recorriendo las palabras como si debajo de ellas se estuviera escondiendo alguna respuesta distinta a lo evidente y entonces nos carcomen las preguntas como:

"¿Es que entonces para (por) qué me dijo que...?"

Con el tiempo se obtienen las respuestas, a veces hasta las sabemos desde el primer momento pero eso de aceptarlas a veces es demasiado para el orgullo. El punto es que con el paso de los años una debería ya saber leer entre líneas; pero para alguien como yo, que soy una junkie de las palabras, eso del "sospechosismo" sigue siendo una misión casi imposible. Y créanme cuando les digo que razones no me faltan para ya haber caído en la paranoia de no creer en nada, pero es que entonces una tendría que renunciar al romanticismo ("romanticismo" como concepto, no como cursilería) y eso sí para que vean es algo que no está en mis planes.


Para ser honesta, es muy posible que esos "restos de inocencia" sean algo que me acompañe el resto de mis días. Lo único que me indica que quizá (sólo quizá) algo he aprendido al respecto, es que ahora en cuanto la palabra y la acción dejan de hacer "click", ya no me da por quedarme a investigar; ahora más bien me da por salir corriendo, por volverme imperceptible. Digamos que comencé a ver al "beneficio de la duda" como algo que se gana y no como una característica intrínseca.


Mis niveles de credibilidad siguen iguales, los que sufrieron metamorfosis fueron sin duda mis niveles de tolerancia.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.