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Interpretar la pandemia.

Contesto el teléfono, alguien quiere pagar su servicio de agua. Contesto el teléfono, alguien quiere reservar un hotel en Las Vegas. Contesto el teléfono, escucho el latido fuerte y claro de un bebé que está a punto de nacer. Contesto el teléfono, hay alguien a quien no le entiendo lo que dice ni en español porque acaba de tener un derrame cerebral. Contesto el teléfono, una doctora me dice que me prepare, que la llamada que conectaré será una llamada "difícil" de COVID19. Sé que voy a avisarle a alguien que uno de sus seres queridos: esposo, papá, mamá, hermano, hijo, está a punto de morir.

Así han sido al menos cinco horas de mi día, de lunes a viernes, y a veces hasta en sábado o domingo. En un timing perfecto, el año pasado, después de renunciar a un lugar que me daba más dinero seguro que felicidad, encontré este empleo de interpretación que me ha regalado el año más emocional - laboral de mi vida. Ya lo había hecho antes, hace unos 4 años, con otra empresa, pero no durante una pandemia.

Hablar con médicos y enfermeras diariamente no me pone ni de broma en la primera línea de ayuda, pero sí me acerca un poco más a la barrera desde donde se está viendo al toro. Por eso cada vez que escucho a alguien decir "Es que la gente no entiende" para explicar por qué seguimos metidos en esto, no puedo evitar preguntarme qué es lo que todos quisiéramos que el otro entendiera. 

La utopía de que todos haremos lo mismo en un canto de paz, empatía y unión mundial no es más que eso, una utopía, porque en términos reales no hay manera de lograr que la gente no siga haciendo lo que le da la gana y, sin justificar a quienes lo han hecho de modo completamente irresponsable, creo que nos ha dado por creer que regañar a otros y crear términos como "covidiotas" hará entrar en razón (nuestra razón, obviamente) al otro.

Por un lado, desde marzo del año pasado - y con justa razón - cada quien ha cuidado su salud física (y la de los demás) tanto como ha podido/querido. No te acerques, no me toques, no me veas. Lávate las manos todas las veces al día que te acuerdes, gel, gel y más gel, a ningún lado sin cubrebocas, de preferencia no vayas a ningún lado, desinfecta todo, etcétera, etcétera, etcétera... 

Sobreprotegemos la salud, cual debe ser, pero hemos descobijado otras cosas en el camino. Hemos olvidado que la economía de cada uno, la salud mental y otros factores hacen que cada quien tenga motivos personales para hacer lo que hace. Y entonces comienza la polémica, en donde al parecer se han formado tres bandos: los "buenos", los "malos" y los que han estado en ambos lados a escondidas o "nomás tantito". Cada uno tirando de su lado de la cuerda, desgastándose todos los días en intentar que los demás se pasen al otro lado de la línea.

La situación que estamos viviendo eventualmente cambiará. Ya hay vacunas, tratamientos de anticuerpos y otras medidas en desarrollo para enfrentar el virus. Sin embargo, la crisis que vendrá después no se va a quitar con el lavado continuo de manos ni con litros de gel. La herida que esto va a dejar tocará las carteras, las mentes, las emociones y las convicciones de todos. Cuando esto haya pasado, todos habremos perdido algo y habremos perdido más si no empezamos a notar que si la unión hace la fuerza, nosotros somos cada vez más débiles. No se trata de unificar las acciones ni los pensamientos, se trata de respetar al otro con todo lo que eso significa. No se trata de estar todos de acuerdo, eso no va a pasar, y qué bueno. Se trata de que cada quien se haga responsable de sus propias decisiones.

No es que la gente no entienda, es que cada quien entiende lo que puede y eso no va a cambiar. A la larga quizá entenderemos esto y quizá hasta lo vamos a agradecer. 

Así que cuídese usted, cuide a los suyos, haga lo mejor que pueda, lo que considere necesario para estar bien. Ahora estamos en el ojo del huracán y la natural necesidad de acción y reacción que surge ante una crisis no permite que nos relajemos. Guarde la energía invertida en hacer juicios de valor para usarla en otras cosas que sirvan más. Será cuando todo haya pasado que podremos ver los daños reales. No se olvide de cuidar también su mente y su corazón; cuando esto haya pasado, ambos se van a necesitar y se van a necesitar fuertes.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.