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De terapias y divanes.

Mi última terapeuta, con la que trabajé por primera vez el síndrome de abandono, me abandonó. 

Lo cuento y me río aunque no me causa mucha gracia. Hago lo mismo con casi todo lo que duele porque es la única forma que he encontrado de enfrentar al mundo y todo aquello que no entiendo.

En febrero del año pasado decidí por segunda vez ir a terapia. La primera fue más bien algo alternativo en donde se trabajaba más con el cuerpo y la respiración que con lo que había dentro del lodo. Mi anécdota más poderosa de aquella experiencia fue cuando Ceci, mi terapeuta que todavía me manda mensajes de navidad y año nuevo, me pidió que golpeara unos cojines con una raqueta imaginando que era T (vamos poniéndole nombre, aunque sea una inicial - seudónimo). "No puedo", fue mi respuesta. "Si él te ha lastimado tanto, por qué no puedes lastimarlo tú a él". Solté el primer golpe y me desmayé cual costal de papas, pero esa... es otra historia.

En esta nueva experiencia, la segunda terapeuta sugirió el psicoanálisis en diván. Así que de febrero a octubre me recosté dos veces por semana a hablar de todo. Desde T hasta mi infancia, mis miedos, y todas esas cosas que pienso diario y que por primera vez abrí con una desconocida que parecía ser esa guía con linterna que andaba buscando.

Acostarse en el diván y hablar sin ver la reacción del otro es una cosa increíble porque prácticamente lo que recibes es el reflejo de lo mismo que estás diciendo. Hubo sesiones, muchas, en las que me escuchaba y pensaba "¡Madres!", como si estuviera jugando Operando y de pronto las pinzas tocaran el metal. Muchas veces salí de ahí pensando que por fin me estaba comprendiendo y por ende estaba comprendiendo mucho de lo que pasaba a mi alrededor. 

Lloré en un alto porcentaje de las sesiones. A veces poco, a veces como Magdalena. Hice reír a Mariana muchas veces con este mecanismo de defensa que es reírme de mis demonios y más de una vez le propuse que le vendiera a Netflix el cuadernillo en donde anotaba lo que le decía. El consultorio me parecía MI lugar de confianza, aquel lugar al que podría regresar a decir todo, sin miedo. Lograr esa sensación en alguien como esta que escribe, que tiene grandes conflictos para usar ese pronombre y que cada vez tiene más miedo de decir lo que piensa/siente fue un verdadero mérito de la Dra. Herrera, y mío, porque se requiere un chingo de voluntad.

Pero resultó que la luz de la linterna de Mariana era intermitente, y aunque siempre fue informal con cancelaciones y cambios de última hora, en octubre tocamos fondo cuando comenzó a cancelarme una hora antes de la sesión e incluso ya estando afuera del consultorio. Fue así que, un mucho gracias a su guía, pude tomar la decisión de decirle que mi tratamiento con ella había terminado. Mi último mensaje fue de agradecimiento, de poner límites, su respuesta fue nula, simplemente me dejó en visto hasta hoy. 

Parecería inconcebible que alguien que conoce tus demonios te enfrente a ellos de propia mano. A lo mejor fue una terapia de choque, como cuando al aracnofóbico quieres quitarle el miedo a las arañas regalándole una, pero por mas que busco explicaciones científicas, no he podido lograr clasificarlo como otra cosa que una tremenda cu-le-ra-da.

Hoy que me encuentro en el mismo camino, buscando no sólo comprender sino ayudar a sanar la mente humana, me parece que lo que hizo Mariana fue tremendo. Los terapeutas toman en sus manos el cerebro y las emociones de otra persona y la responsabilidad enorme que eso conlleva no da espacio a cosas como estas porque nadie mejor que tú conoce los botones del paciente y tocarlos de esa manera es sumamente falto de ética.

Así que envié un correo a la directora del Centro Eleia, que fue en donde me canalizaron con Mariana. Le conté lo mismo que a ustedes pero con más detalles. La respuesta de Centro Eleia fue mandar a su recepcionista a darme los datos de otro de sus terapeutas. Lamentable. Pero entonces uno entiende que el problema de mi segunda terapeuta era de raíz, de formación. Sobra sugerirles que no se acerquen a ellos buscando ningún tipo de ayuda. Lo barato sale caro.

Si todo sale bien, en unos 4 años estaré lista para salir al mundo, prender mi linterna y guiar a alguien por los túneles más obscuros de sí mismo. Espero jamás dejar en un paciente la sensación de que abrió una caja de Pandora frente a la persona equivocada. Espero que mi linterna alumbre fuerte y lejos y que lo que aprendí sobre mí misma en aquel diván, sea tan fuerte como para hacerme volver a intentarlo algún día.

Comentarios

  1. Una vez caí en manos de una 'terapeuta' que cobraba hace unos 7 años mil 500 pesos por hora-sesión, lo cual en aquel momento era mucho dinero, en la tercera sesión comencé a llorar cuando le contaba algo muy doloso, y recuerdo perfectamente su mirada vacía mientras yo me desarmaba.Juro que se quedó dormida con los ojos abiertos, mientras que yo desarmaba mi alma. En ese momento decidí que no volvería y que si mi historia era tan aburrida, que hasta la terapeuta se dormía, mejor seguía la 'terapia' con mis amigas, igual les aburría, pero al memos no me cobraban.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.