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Fleabag.

Phoebe Waller-Bridge ha entrado directamente a mi lista de ídolos de esta temporada gracias a la recomendación de alguien que me sabe mucho y me conoce bien. Me imagino que también con mucho conocimiento de causa sobre los temas que aborda, Waller-Bridge tuvo a bien crear, escribir e interpretar la historia de Fleabag, un personaje con mucho material para públicos diversos que pueden ir desde los terapeutas hasta los casados, solteros, pasando por los padres, hijos, amigos y amantes. 

Lo que surgió primero como un sketch, terminó siendo una serie de dos temporadas. Fueron dos también los días que me tardé en devorar los doce episodios que las conforman. Para beneplácito de mi cada vez mayor déficit de atención, casi todos duran menos de treinta minutos.

El delineado de cada uno de los personajes es perfecto porque todos están rodeados de un guión poderosísimo no sólo en ingenio sino en honestidad, algo que últimamente nos anda haciendo mucha falta porque la competencia parece haber pasado de la creatividad y la emoción, a la mejor creación de escenarios what-if y apariencias.

Fleabag sonríe siem-pre, hasta cuando llora. Su sonrisa parece ser su escudo del "todo bien". Cuando uno va por la vida usando esa herramienta de defensa, el quiebre interno puede no sólo ser invisible para el resto de mundo; incluso puede ser inconcebible. ¿El que siempre sonríe es porque siempre está feliz? Fleabag, como muchos, está rota por dentro pero se mantiene tan funcional como puede.

Sin ánimo de spoilear les diré que mi diálogo favorito aparece en el episodio 4 de la segunda temporada, a manera de confesión, y comienza diciendo algo como "quiero que alguien...". Tal vez este sea el diálogo más honesto de la serie porque derrumba todo discurso de Girl Power para develar el hecho de que quizá, lo único que todos buscamos en el fondo es un cómplice con tintes de guía. Es posible que más allá de los romanticismos baratos, la explicación psicológica sobre los vacíos y la inmediatez a la que nos han sometido los tiempos modernos, todos estemos buscando algo que nos inspire a crecer, a intentar ser la mejor versión de nosotros mismos e inspirar a otro a lograr lo mismo. Ins-pi-rar. In-ti-mar. 

Y hablando de intimar, la protagonista le habla a la cámara constantemente, entablando así cierto vínculo con el espectador. Fleabag vive en dos mundos paralelos, ¿y quién no?. Así que ahí vamos, buscando un traductor de todo aquello que no entendemos sobre nosotros mismos y sobre los demás, hasta que alguien logra hacer converger ambos mundos. Spoiler Alert: De esto no se regresa ileso jamás. Doble Spoiler Alert: Vale toda la pena. 

Parece que en estos tiempos, estamos irónicamente muy acompañados en nuestra soledad, acompañados por muchos otros que están viviendo lo mismo, pero aun así seguimos sin encontrarnos unos a otros. La velocidad y la facilidad con la que hoy en día se consigue casi todo le ha quitado el sabor a muchas cosas. Nos hemos forzado a coincidir, cuando esto tendría que ser tan natural como natural es el miedo constante de estarse equivocando, y naturales tendrían que ser las ganas de investigar más allá de una chispa.

"People make mistakes." People, make mistakes.

Fleabag no va a a tener otra temporada y si usted llega al final de la segunda y entiende por qué, ya podemos ser amigos.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.