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Así sí, pero qué sigue.

Faltan caras, un pliego petitorio que especifique qué se busca, qué se exige. "Justicia" y "seguridad" son términos muy amplios. Hacen falta propuestas. Falta alguien que delimite los objetivos del movimiento, que le dé causa y camino. Faltan colectivos con nombre, que se organicen, que trabajen mano a mano, que se hagan presentes no solo a través del vandalismo; que se paren afuera de donde sea necesario y se hagan notar, con diamantina, con pancartas, con consignas, con los medios de su lado, sin importar si esto incluye hombres o no. 

Hace falta que estos grupos creen cuentas en redes sociales que vayan más allá de la desvirtuada denuncia; cuentas que muevan, que inviten, que incluyan. Urge aprovechar la velocidad y el alcance de la tecnología. Falta conocer sus nombres, sus caras, que la gente sepa a quién seguir para que sea la misma gente la que las proteja. Falta gente dispuesta a rifarse por las y los demás.

Urge dejar las pantallas, el teclado, la indignación 3.0. Es necesario salir de Twitter, de Facebook, marchar por las calles y crear vallas humanas; que las que van dentro vayan reportando lo que sí está pasando, que se intente repeler cualquier tipo de vandalismo, que no se pierda el foco, que no se permita que medios y público desvirtúen el movimiento, que sean las mismas de dentro las que lo cuiden, las que se cuiden entre ellas. Que lleven a sus familiares, a sus novios y esposos, a sus amigos, a todos aquellos que romperían vidrios y paredes si ellas un día no volvieran a casa, que el mensaje sea "no estamos solas, ellos tampoco", porque no vamos contra los hombres en general, vamos contra los hombres que se sienten con el derecho de matar, violar y agredir porque no hay quien se los impida. Hartos y temerosos de la inseguridad estamos todos, sin género. Nosotras, además, estamos aterradas. Si dejamos de dividir, nos vamos a multiplicar.

Urge empezar desde lo más básico, dejando de llamarnos "gorda", "puta" y demás apelativos entre nosotras mismas. Urge enseñar a los niños a respetar, a ser empáticos. Urge enseñar a las niñas a quererse, a valorarse. Lo anterior sólo se hace demostrando lo mismo, no hay mejor ejemplo que la práctica. Hay que enseñar a las niñas y niños a confiar en su red de apoyo, rodearlos de gente con la que puedan hablar, a la que puedan contarle si les pasa algo; lo que sea.

Falta que aquellas que ya están en las altas esferas (senadoras, diputadas, representantes de partido, actrices, cantantes, cualquiera con un puesto público etc.) hagan sororidad, que se sientan igual de agraviadas que las que viajan en metro, las que caminan solas por las calles, las que han sufrido abuso y las que no, pero que no por eso son indolentes. Urge que no se conformen con ir a las marchas para hacer Instastories o videos en vivo.

Somos muchas y muchos, quizá sea momento de dejar de correr como gallinas sin cabeza. Apoyo al 100% las acciones, siempre y cuando estas vayan encaminadas hacia algún lado. Hemos hecho berrinches por años: marchas, mítines, pintas, destrozos, movimientos que se disuelven a merced de los intereses personales de unos cuantos que, las más de las veces, terminan involucrándose con aquellos contra los que iban.

Cansados estamos todos, sin género. Nosotras estamos aterradas. Si dejamos de dividir, nos vamos a multiplicar, hasta que el ruido llegue hasta arriba; por ahora, todo sigue resonando acá abajo.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.