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Perfectos Desconocidos.

"La mejor manera de saber si puedes confiar en alguien es confiando" 
Ernest Hemingway.


El fin de semana me topé con una película a la que le traía ganas desde hace meses. Por cortesía de Netflix por fin pude ver "Perfectos Desconocidos", una película española cuya trama se centra en un grupo de amigos que en una cena casual deciden jugar a poner sus celulares al centro de la mesa y a leer en voz alta cualquier mensaje/notificación o a contestar en altavoz cualquier llamada entrante.

Habiendo varias parejas en la mesa, algunas con problemas evidentes, era lógico que el resultado podía ser desastroso. El título no podrá ser más apegado a lo que sucede, pero hasta aquí los spoilers. Véanla. Da mucho en qué pensar.

Al terminar de verla me pregunté cuántos de mis amigos se atreverían a jugar ese juego conmigo, o, mejor aún, con cuántos de ellos me atrevería a jugarlo yo. Llámenlo misterio (in)necesario, pero me gustó pensar que no con todos.

Hoy en día quienes somos asiduos a las redes sociales exponemos y evidenciamos tanto de nosotros, que me parece romántico que el celular siga siendo un lugar privado. No necesariamente porque uno esconda algo, sino porque el teléfono de muchos bien podría ser visto como una pequeña habitación en la que, cada vez más, cabe nuestro día a día. Considerando el tiempo que pasamos en él, hasta podría llamarlo un "microcentro de operaciones". Claro que todos operamos cosas distintas.

Así que revisar un celular ajeno, por el motivo que sea, me parece tan invasivo como si a alguien se le ocurriera husmear en mi bolsa sin autorización previa (ya en otra entrada hablé de mi vouyerismo por enterarme lo que la gente carga en su bolsa o mochila, pero sin duda no me parece divertido hacerlo sin consentimiento). Y es que si uno tiene que recurrir al espionaje pasando por un dispositivo en lugar de pasar directamente por el dueño del mismo, lo que sea que uno vaya a encontrar ahí ya carece de valor, simple y sencillamente porque no me pertenece. Si hay que pasar primero por un aparato que no puede dialogar, explicar ni dar contexto, temo decirle que algo ya se le rompió.

Sin duda es un juego arriesgado el que se propone en la película. En un mundo que cada vez nos deja más vulnerables, yo voto por conservar los espacios privados como ídem. Voto, también románticamente, por preguntarle a los humanos lo que queramos saber sobre ellos, no a las máquinas. Ya mucho nos han ganado la batalla en varios ámbitos como para también dejarles la responsabilidad de ser honestas en nombre de alguien más.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

Fologüers.