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"...Y que no tenga que hacer nada que no quiera hacer..."

Así como el título de este post, decía una línea de una película que por allá de los 90´s hiciera Carlos Marcovich y que se musicalizó con rolas de Benny Ibarra. "¿Quién diablos es Juliette?", se llamaba, y no ahondaré más en ello porque lo importante para efectos de esta entrada es únicamente esa frase, el resto tómenlo como dato cultural.

He decidido que el 2018 será el año en el que haré honor a esa frase en todos los sentidos y en todos los ámbitos posibles. Apenas es 13 de enero y ya estoy cansada. 

El 2017, sin el más mínimo ánimo de quejarme, fue probablemente el año en el que he trabajado más en toda mi vida. Prácticamente no dije que no a nada y me vi haciéndola de milusos, en especial en el segundo semestre, lo que desencadenó un cansancio crónico y en unas insaboras vacaciones de navidad que hoy, en la segunda y piquito semana del año, traigo cargando sobre mis hombros.

Y repito, no es queja. Tengo la fiel creencia (o a lo mejor es una superstición) de que desde que mi abuela murió no ha parado de mandarme trabajo desde allá, donde sea que se encuentre, y espero de todo corazón que así siga siendo, pero creo que llegó el momento de aprender a poner límites (sí, sí, 38 años después) y de empezar a decir "No quiero" y "No puedo" con mayor soltura.

Si bien la bonanza laboral de la que hablo me ha permitido hacer muchas cosas, quizá también hay un momento en la vida en el que es necesario priorizar. Esto de ser freelance es hermoso, y combinarlo con ser workaholic me ha dejado ahorros suficientes para hacer prácticamente lo que me da la gana, pero también me ha generado una falta de tiempo con diversas consecuencias como el déficit de atención, el cansancio 24x7, las cosas hechas al aire, el poco enganche con todas mis tareas (eso sí, todas cumplidas) y el corazón puesto prácticamente en ninguna.

De regreso de Puebla, en plena carretera, cuando empecé a pensar en todo esto deduje "¡Ah, chinga... si no me hice freelance para sentirme así!", y así, entre Puebla y vayan ustedes a saber qué poblado, decidí meter freno (no, no mamen, no en la carretera, en mis labores) y (El Supremo y mi cartera así lo permitan) no volver a aceptar ninguna chamba que no me represente un reto y que no me provoque una sonrisa.

Siete años después de obtener mi libertad laboral me vengo a dar cuenta de que me estaba robotizando. Dejé de leer, de escuchar, de planear, de escribir, de darme espacios para mí, tiempos de silencio, sin pendientes, sin amigos, sin nada ni nadie. 

Sé bien en qué momento me fui como gorda en tobogán y tengo bien clarito por qué lo hice. Hasta hace unos meses, me urgía poner mi cabeza en cualquier otro lado que no fuera sobre mis hombros, así que si me pedían milagros pagándome 45 pesos por proyecto, yo decía que sí. Y funcionó, me olvidé de todo, hasta de mí, pero ya no veo la necesidad. Me extraño un chingo.

Y ya que estoy entrada en gastos, pienso replicar la misma dinámica en mi vida personal y usar las dos frases de las que hablé arriba sin tener que inventar pretextos para no ir a algún lado, para cancelar un plan, para no hacer un favor, para no contestar un mail o mensaje de inmediato; simple y sencillamente para no hacer nada que no esté dentro de mis manos, que en realidad son bien chiquitas, y aunque les cabe mucho, también resienten el peso. Sé que los míos entenderán y esos son los que importan. 

Hoy es 13 de enero del 2018, lo cual significa que mi primer y más fuerte propósito de Año Nuevo llega tarde pero seguro, y siendo así, deseo que las epifanías llenen siempre nuestras vidas y nos permitan caminar nuestros propios pasos hacia atrás para analizar, entender, soltar y, por qué no, tomar vuelo, ¿quién dijo que eso no estaba bien?.


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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.