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Sobre Big Little Lies.

"Nobody said it was easy. No one ever said it would be this hard"
The Scientist - Coldplay

No soy madre, no soy esposa; tengo casi 38 años y no estoy segura de querer ser una ni otra. Pero soy observadora, y aquí, desde la barrera, muchas veces he tenido la clara sensación de haberle visto los hilos a los títeres. 

Big Little Lies es una serie cuya primera temporada incluye sólo 7 episodios. Entre frentazos de realidad e historias que parecen familiares, HBO nos regala las maravillosas actuaciones de una dupla ídem: Nicole Kidman y Reese Witherspoon, con la muy digna compañía actoral de quien dejó atrás a la adolescente embarazada de una serie anterior, Shailene Woodley, y las igualmente dignas actuaciones de Laura Dern y Zoë Kravitz; sí, la hija de Lenny.

Maternidad, Matrimonio, infidelidad, rivalidad, autoengaño, violencia, rencor, rutina, negación, perdón, empatía, reconciliación, pasión, complicidad, amistad, lealtad, amor... Es como si Liane Moriarty, autora del libro en el que se basa la serie, hubiera licuado las experiencias y los sentimientos más humanos y David Kelley, el encargado de llevarlo a la pantalla, hubiera captado la esencia de cada uno a la perfección para hacerlos caber en sólo 7 horas.

Imagino (y hasta espero) que si ustedes como yo, rebasan ya los 30, ya hayan notado que la vida es todo menos fácil; que las relaciones (no sólo de pareja) son una lucha diaria y constante; a veces de poder, a veces de fuerza de voluntad, a veces el acto de fe más grande. Imagino que ya se habrán dado cuenta de que todos tenemos demonios, que eso de los bandos de "buenos" y "malos" sólo está dividido por una línea muy delgada que a veces sólo requiere de un reactivo poderoso para ser cruzada.

El primer capítulo de esta serie pareciera presentarnos estereotipos más que personajes. Reese Witherspoon incluso nos recuerda un poco a Elle Woods; perfecta, millonaria, con la familia Facebook. Sin embargo, conforme la historia se va desarrollando, descubrimos que la perfección no existe, en ella ni en nadie. Y es que todos somos estereotipos en algún momento; todos somos estereotipos para alguien, pero sólo los nuestros, los cercanos, podrán ahondar en nuestra esencia, y eso no siempre tendrá los mejores resultados.

Y es como si en los primeros episodios Kelley pusiera a prueba nuestros propios prejuicios para que en nuestra cabeza creemos una historia que, 6 capítulos después, nos daremos cuenta de que era totalmente distinta, casi igual que como pasa en la vida.

En la serie, y fuera de ella, existen las madres frustradas, aunque estén felices de ser madres; existen las que vuelven los días escolares de sus hijos en competencias preparatorianas entre ellas mismas; las que vuelven de adultos los problemas de niños. Existen los matrimonios que necesitan de un tercero para retomarse; existen quienes le ponen a la violencia la bandera del amor; los que se perdonan y continúan; los que se conforman y siguen juntos aunque estén separados.

Existen los que tienen hijos para poder tolerar el curso de la vida, para que algo los obligue a seguir. Existen los que los tienen con auténticas ganas de tenerlos, a pesar de los pesares. Existen los que los tienen para usarlos como cinta de aislar, para crear uniones. Existen miles de historias y casi ninguna de ellas es lo que parece.

De las premisas que presenta esta serie, quizá la más irónica y la más grande es que la verdadera felicidad no tiene ni un pie en la fantasía, al contrario, el camino a la felicidad empieza por asumir cuál es la realidad con la que podemos vivir, sea cual sea, y así avanzar con ella. Todo tiene un precio. Las historias similares parecen tener recetas, fórmulas, pero lo cierto es que la sazón de cada una es única e irrepetible. Si en todos los casos A + B diera C, ¿como para qué habría que esforzarse?.

En una época en la que presumimos modernidad y mente abierta, pero en la que contradictoriamente las apariencias son más importantes que nunca. En tiempos en los que hablamos de libertad de expresión, de elección, de miles de cosas, pero en redes sociales publicamos cosas que hablan de una felicidad que muchas veces no existe, Big Little Lies es bálsamo, es una palmada en la espalda. 

El soundtrack (que pueden encontrar en Spotify), además, es bellísimo. Lo escucho ahora mismo, mientras escribo esto todavía llena de reflexiones que difícilmente podría plasmar en una entrada de blog. 

Por eso mejor véanla, disfrútenla; es una joya.

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.