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De Gilmore Girls y otras nostalgias.



A días de haberse estrenado la nueva temporada de Gilmore Girls, que se transmite por Netflix casi diez años después de que pudiéramos ver a Lorelai, Rory, todo Stars Hollow y demás agregados en su esplendor y por WB, me pregunté cuál habría sido el secreto de esta serie para enganchar a tantos y mantenernos así años después. 

Después de haber esperado que Netflix liberara la temporada 8 con una emoción genuina, y habiendo terminado los cuatro capítulos de 90 minutos cada uno que nos regalaron doña Amy Sherman-Palladino y su marido, Daniel Palladino, creo fielmente que Gilmore Girls es una serie completamente nostálgica, incluso antes de este reencuentro.

Esa relación madre - hija que parece bordada a mano, que está llena de confianza y buena onda, me atrevo a decir que no es algo muy común, al menos no en mi generación ni en las anteriores. Y luego están todos los personajes que viven en Stars Hollow, que parece un pueblo sacado de un cuento de hadas y que, por supuesto, no existe. Todos se ayudan, todos bromean incluso cuando están enojados, todo el tiempo hay fiesta, todo el tiempo pasa algo aunque en realidad nunca pase nada. 

Y la amistad, y los romances, y los guapos, y los micro-dramas con final feliz; y Emily y Richard tan perfeccionistas con su hija tan maravillosamente imperfecta; y los diálogos frescos, a una velocidad incomparable con la utilizada en cualquier otra serie, el ping-pong mental, las referencias poperas, el "pa-pa-pa-pa" previo a cada escena, en fin…

Creo fielmente que la combinación de todo esto hace que hoy por hoy, cuando ya no tengo los 20 que tenía cuando inició la serie y no me la perdía (hoy que me identifico otra vez con Rory, incluso ahora que está completamente perdida) hace que con escuchar los primeros acordes de eso que dice "If you are out on the road…" sienta una emoción por demás cursi que me conecta con un tiempo pasado y hoy, después de haber visto la nueva temporada, me aterriza en un tiempo muy presente. 

Hace unos días leía un texto que prácticamente pintaba a Rory como un monstruo. Me pregunté cuántos años tendría quien lo escribió, si tendría hijos, pareja, éxito laboral y si alguna vez en su vida se había sentido en crisis, y supuse que no. Y no es que justifique el hecho de que hayan convertido a la brillante Rory en la antítesis de lo esperado por quienes la vimos crecer en tiempo real y pasar de la secundaria de Stars Hollow a Chilton y por último a Yale, pero me parece que en esta temporada a Rory le pasa lo que nos sucede a muchos treintones desfasados, y la entiendo, no la juzgo, pero esa… es otra historia. 

Era inútil querer encontrarnos con las mismas personas después de tanto tiempo, los espectadores tampoco somos los mismos, y si andábamos por la vida negándonos a ver que los años habían pasado, las Gilmore volvieron para estampárnoslos en la cara con todas sus letras, arrugas, kilos, Bótox, etc. 

Si bien es cierto que la conexión que había entre Lauren Graham y Alexis Bledel ya no se siente igual de fresca; que la Graham ya no tiene la misma soltura; que hay quienes como Sookie (quien después de GG alcanzó el éxito y la fama) se notan parchados en la nueva temporada, a mí sí me hizo feliz volver a verlos a todos y no pude evitar berrear en varios momentos, desde que Lorelai aparece sentada en el kiosco en el primer capítulo, hasta que Rory dice su línea final y hacen ese corte en seco al coro del tema principal… Where you lead, I will follow. PUM. Llanto incontenible. El apego en su totaaaal esplendor. 

Las temporadas de Gilmore Girls, de la 1 a la 8, son un trip de nostalgia pura, de pura cosa linda y cursi de esas que ablandan el corazón hasta del más rudo, y, como dicen los tuiteros, eso es bonito y está bien. 

De verdad deseo que no se agarren de la última línea para lanzar una temporada 9, me parecería una postergación de lo inevitable, un atentado a nuestro adulto desapego. Ahí donde quedó, queda bien. A mí no me interesa saber nada más y las chicas Gilmore y sus secuaces han quedado bien conmigo, no me deben nada y estamos en paz.


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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

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Fologüers.