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De Redes Sociales y Caminos Sinuosos.


Pertenezco a la generación que en algunos lugares aparece como Millennial, primera generación, y en otros como Generación X, y que ha vivido de cerca el cambio tecnológico. Fue a nosotros a los que nos tocó desear con todas nuestras fuerzas tener un StarTAC de Motorola, esperar un "bipazo", soñar con la alerta del ICQ y morir de coraje si a alguien en casa se le ocurría descolgar el teléfono mientras estábamos haciendo nuestros pininos en Internet.

Nosotros, a diferencia de la generación actual, no nacimos en la era digital, sino que fuimos testigos presenciales de su llegada y hemos ido navegando en su mar llevados por la corriente. A nuestros padres y a las generaciones anteriores, en muchos de los casos, fuimos nosotros los encargados de enseñarles a utilizar estas nuevas tecnologías. 

Y con los avances tecnológicos llegaron las nuevas formas de relacionarnos, los nuevos códigos; descubrimos un mundo enorme de un día a otro y al mismo tiempo este se hizo pequeño, permitiéndonos tener contacto prácticamente con cualquier persona, en cualquier lugar del mundo y en cuestión de segundos. Descubrimos que no sólo en nuestros pequeños núcleos, amistosos o familiares, podíamos tener coincidencias y diferencias. 

Especialmente las redes sociales, nos pusieron cara, voz y voto (claro que ahora sabemos que estas tres pueden ser de un personaje y no de una persona, pero esa… es otra historia) y nos lanzaron a un mundo que, como todo lo que crece desmedidamente, se nos ha salido de las manos. 

Tengo más de tres amigos que me han hablado de su deseo por salirse de las redes sociales (específicamente Facebook o Twitter); tengo otros que lo han hecho - unos de manera temporal y otros permanente - y pocos, MUY pocos, que han logrado mantenerse al margen de ellas. Yo misma (que me acepto como una ENAJENADA de las RS) he considerado desaparecer aunque sea unos días; no leer, no escribir, no saber nada. Y es que la exposición de información (y desinformación) a la que nos enfrentamos hoy en día es verdaderamente abrumadora, pero me parece que tampoco es algo de lo que deseemos (o podamos) realmente huir del todo. La prueba misma está en la cantidad de gente quejándose de las redes sociales EN redes sociales. 

El mundo no se está volviendo un lugar más fácil de habitar; cada vez somos más y cada vez entendemos menos por dónde ir. Todo se ha vuelto inmediato, vacío, desechable, incluso los paradigmas, y quizá nadar contra la corriente ya no sea la opción. Y por supuesto que no me refiero a la globalización de las personas, a que todos vayamos hacia el mismo lugar, pensando lo mismo y haciendo las mismas cosas, me refiero a que cada quien, desde su propia trinchera, tendría que estar buscando cómo manejar la sobre-exposición que las nuevas relaciones digitales nos regalan. 

Quizá lo primero que tendríamos que entender es que las RS NO son la vida real, quizá, si acaso, son sólo un reflejo de la misma. En mi caso particular, y a pesar del número incontable de cosas que comparto tanto en Facebook como en Twitter (Ok, ok… también en Instagram…), todo lo que ahí se puede ver no habla ni de todas mis alegrías, ni de todas mis tristezas, ni de todos mis intereses o preocupaciones. Lo que ahí comparto no es mi historia sino un fragmento de la misma, y lo que la gente lea o deduzca de él no es algo que puedo (ni deseo) controlar. Y lo mismo hacia el otro lado, lo que la gente publica de sí misma es decisión suya, y ya será decisión mía si quiero verlo o no, que para eso también hay opciones.

Pero sucede también que estas nuevas formas de relacionarnos han tocado fibras emocionales que nos han hecho poner peso sobre hechos tan banales como obtener (o no) un LIKE en una foto, o un RT en un tuit. Como si valoráramos el peso de nuestras relaciones de dos maneras: la presencial y la digital. Como si nos quisiéramos menos por no demostrarle al mundo con un simple clic que algo nos parece bonito, divertido, adorable… Así que ya no sólo hay que cultivar las relaciones con empatía, plática, intercambio de ideas, etc. ahora también hay que dar LIKE para no herir susceptibilidades. 
Me parece agobiante, me parece mecánico y pocas cosas me parecen más tristes que eso. 

Lo dicen los psicólogos (y no me suena tan descabellado), que quienes escribimos en lugares públicos (en este caso Facebook, Twitter, Blogger, etc.) tenemos algo de exhibicionistas. Lo cierto es que NADIE coloca algo en redes sociales creyendo que lo que ponga pasará desapercibido, pero si usted publica esperando cierta reacción en particular, la batalla está perdida de inicio. Si usted no publica desde la convicción de que lo que ahí coloque, lo que sea, a USTED le parece adecuado (bonito, interesante, chistoso, trascendente, etc.), usted está acumulando cosas en una pantalla sólo para gustarle al mundo, y el mundo, estimado lector de este blog, está avanzando a su propio paso, sin prestarle tanta atención como usted cree. 

La expectativa nos vuelve vulnerables. En cambio, la camaradería de la sorpresa, de lo natural y auténtico, nos coloca en una posición en la que lo que el otro dé o haga, será siempre bien recibido. Porque uno sólo puedo esperar lo que daría, lo que ya conoce, y eso limita al otro, lo pone a jugar en nuestra propia cancha y nos quita la oportunidad de conocerlo.

En fin, no vine aquí siquiera a sugerirles que cerremos sesión ahora mismo en redes sociales, vine a intentar decidir si el camino no está en quitarles importancia; en darles el peso y el lugar que merecen; en recuperar a los nuestros en carne y hueso, y en tratar de entender la forma en la que voy a estructurar mis afectos de aquí en adelante… y, pues nada, en este tratar de entender los he arrastrado hoy conmigo. Dispensen.


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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.