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De #ElAmorDeLasLuciérnagas y la metáfora de la despedida.



María se fue a Noruega porque siempre le había parecido que ese era el lugar más lejano del mundo, porque cuentan los que saben que con un corazón roto, a uno le dan ganas de huir a otro país, de quedarse en posición fetal por días o de plano de salir corriendo sin rumbo.

María se dividió en dos… porque también así sucede, porque lo dije y lo sostengo: Cada vez que algo termina, el otro involucrado se lleva un pedazo de nosotros, así que uno no sólo suelta a otra persona, sino que también tiene que dejar ir esa parte de uno mismo que se va tras él, tomar el rompecabezas e intentar armarlo sin esa pieza faltante, volver a darle forma mientras para los demás eres una mutación entre lo que fuiste y en lo que te vas a convertir.

Si bien las metáforas pueden ser lugares comunes, es cierto que no todo el mundo las encuentra en los mismos sitios. En mi caso, #ElAmorDeLasLuciérnagas me pareció plagada de ellas. Si usted se perdió esta obra de teatro (cuya última función fue hoy), créame, se perdió de algo muy bueno.

El escenario era simple. Básicamente consistía de focos que colgaban en cables desde el techo: las luciérnagas. El trazo escénico hacía que la historia fuera del obscuro a la luz y de regreso, como si quien lo realizó supiera que así se siente el mismo viaje que hiciera la protagonista y que casi todos hemos vivido al menos una vez: el proceso de soltar.

Así que esta historia giraba alrededor de ella, de María, una joven escritora de teatro para niños que estando en Noruega (en el que bien podría ser más bien un viaje interior) descubre que al haber utilizado una vieja máquina de escribir comprada en un mercado para crear una escena ficticia, había desatado la existencia de otra María, la cual ocupa su lugar en todos lados: en su país, con su familia, con su ex novio. No es la primera vez que las letras abren una caja de Pandora.

Al inicio había tres maletas y tres Marías… La María niña y su inocencia, la María razón, y la María adulta, que supongo era una mezcla de ambas. Las maletas representan una carga, y cuando María decide volver a México pierde la suya. Cuando uno viaja, el mundo entero va en ese equipaje. En ese pequeño espacio llevas todo lo que consideras necesario para sobrevivir un determinado número de días, y perderlo seguramente terminará en dos cosas: en un tremendo berrinche y en un inminente reinicio. Ya sea que el equipaje aparezca o no, uno tiene que resolver el asunto y seguir su camino.

La única que reconoce la diferencia entre la María original y la copia es su mejor amiga, Lola, pero a todos los demás parece agradarles más la María nueva. Lo anterior desata la furia de la protagonista y junto con Lola emprende un viaje en busca de la impostora, quien, casualmente, ha desaparecido junto con Rómulo, el ex de años que una vez, intentando justificar la incontable cantidad de veces que la había mandado al diablo, había tenido a bien decirle que su amor era como el de las luciérnagas, intermitente. Ella había agregado que era intermitente pero luminoso, porque tenemos una necesidad imperiosa de adornar lo que nos duele para poder tolerarlo.

En ese viaje de búsqueda, que más bien es un viaje de reencuentro, María conoce a Ramón y parece encenderse de nuevo, pero ante el miedo del nuevo inicio y ante el hecho de que “cuando se sienten amenazadas, las luciérnagas desactivan su luz”, María sigue su camino.

“Soltar” es el verbo principal de esta obra, soltar es lo que finalmente decide hacer la protagonista: soltar – soltarse – soltarlo, en una conjugación tan dolorosa como necesaria. El viaje de María no tiene un tiempo específico, jamás se menciona si son 3 semanas, 2 meses o 4 años. El viaje de María, al igual que el de todos aquellos que hemos tenido que conjugar el mismo verbo, es personal e intransferible. Es necesario vivirlo, dejar que duela, comprender que nadie más va a entenderlo aunque haya quien te acompañe en el trayecto, saber que al igual que Lola, la gente se va a cansar de verte llorar por el mismo cabrón (o cabrona, que también las hay) pero sólo uno sabe cuándo deja de correr tras un fantasma, sólo uno sabe cuándo es #TiempoDeSoltar, y aunque sí tiene un poco que ver con la voluntad, tiene mucho más que ver con la congruencia con uno mismo.

Deje usted ir algo que realmente ama; duele como la mierda pero te acelera la hormona del crecimiento, como una fiebre cuando eres niño; te recuerda otras pérdidas, te muestra tus rincones más obscuros pero también tus límites más amplios. Deje ir y aprenda.

El último diálogo no es un clímax, el último diálogo es sólo otra oportunidad. Si usted que me lee está pasando por algo similar, debe saber que quizá el objetivo es vivir el viaje y al igual que la vitrina de un extintor, romperse en caso de incendio para después, llegado el momento, recuperar el valor y las ganas para poder pensar esto. Quizá una vez que lo haga estará usted listo para recuperar su maleta y viajar de nuevo, con o sin compañía. Quizá. Yo qué sé.

"No espero nada,
Probablemente tampoco sea él,
Probablemente en un punto habrá que soltar,
Sé que todo esto dolerá,
Sé que quizá todo vuelva a estar jodido,
Y ¿qué más da?,
Vendrán los días buenos,
Como las luciérnagas,
Intermitentemente,
Y eso bastará,

Eso bastará..."

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.