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Entre más lejos, menos nos toca.

Estuve un par de días a poco más de 300 Km de la Ciudad de México. Juré que en cuanto le dijera a cualquier persona mi ciudad de origen, todos preguntarían inmediatamente algo sobre el terremoto. Nada. Nadie preguntó nada, y cuando yo hice comentarios al respecto (porque en este momento todos tenemos una necesidad imperante de hablar sobre ello), a nadie le interesó saber más. No noté la más mínima preocupación y mucho menos empatía. Tan cerca y tan lejos.

Días antes del 19 de septiembre estaba pensando en escribir un post sobre lo sucedido con Mara Fernanda en Puebla. Intentaba armar un texto que explicara por qué este caso nos cimbra más que otros y sin embargo no le resta importancia a ninguno. Así que pensé en la distancia y en como el dolor también tiene sus fronteras. 

El terrible caso de Mara nos recuerda que el mundo se ha ido pudriendo de a poco, lo que sucede es que el olor lo tenemos cada vez más cerca. En este país estamos muy acostumbrados a la violencia. Hemos vivido con inseguridad prácticamente desde que  tengo uso de memoria, pero muchos de los casos de los que supimos antes parecían hasta segmentados. Ciertas zonas, ciertas características, ciertas horas. Hoy, todos estamos desprotegidos y para acabarla de amolar, hace unos días la naturaleza también se encargó de recordárnoslo y de hacernos sentir la más grande vulnerabilidad.

Edificios en los que lo mismo se pagaban $8,000 o $25,000 pesos de renta cayeron ante los ojos atónitos de quienes consideraban colonias como la Condesa y la Del Valle sitios no sólo seguros sino exclusivos para vivir. En una fecha icónica y que todavía dolía, el destino nos hizo recordar que lo inesperado no está zonificado.

En lo personal me causó una tristeza enorme ver todos los edificios en los que se perdieron vidas, pero en particular me dolió la zona en la que viví hasta hace poco y que fue una de las más castigadas. Otra vez, la relación de la distancia con el dolor. A pesar de ya no vivir ahí, lo sentí cerquita porque fueron las calles por las que caminé años y muy probablemente la gente que murió fueron personas con las que me crucé en ese mismo andar. Lo anterior no quiere decir que no haya sentido pesar por lo sucedido en otras colonias y otros estados.

Casi todo lo que creíamos casi imposible pareciera estar sucediendo y al mismo tiempo robándose nuestra capacidad de asombro. Y no es sólo México, y no son sólo los asesinatos de hombres y mujeres en circunstancias diversas que van del terrorismo hasta los asaltos a la vuelta de tu casa, es el mundo entero el que anda vibrando en una frecuencia extraña que francamentre me provoca naúseas. 

Hablando del terremoto, tuve la fortuna de vivir esos minutos en compañía de mi Maja. No sé qué hubiera hecho de no haber sido así. Mi pesadilla recurrente desde hace muchos años había sido estar en la calle durante un terremoto y ver cómo se mecían los edificios. Lo soñé la noche del lunes y mi pesadilla se cumplió sobre la terraza de un edificio en la Condesa unas horas después. Pero mi Maja no es apodada así nada más porque sí. Entera, fuerte, me abrazó mientras veíamos un par de edificios moverse como si fueran de gelatina. Fuimos muy afortunadas, y si tú me estás leyendo lo fuiste también. 

Y en el párrafo escribo la palabra "terremoto" y se me hace más fuerte el nudo en la panza que he cargado desde aquel martes. Me imagino que por eso los medios de comunicación y las autoridades han decidido utilizar el término "sismo", porque definitivamente suena más sutil. Pero lo que se sintió el pasado 19 de septiembre, definitivamente fue un TERREMOTO.

La ayuda, quienes lo perdieron todo, los padres que estuvieron horas esperando ver salir a sus hijos de los escombros y los hijos que no han visto salir a sus padres; las miles de historias que se empiezan a escuchar y que deseo con todo mi corazón que nos devuelvan un poco de lo que hemos perdido en el camino, no pueden ser sino un nuevo comienzo. Doloroso, sí. La ciudad no es ni volverá a ser la misma. Pero renacerá otra, como sucedió después de 1985, y tenemos que luchar todos los días porque sea mejor, porque salvemos más vidas diariamente, en las formas más básicas y no sólo debajo de los escombros; porque no tengamos que esperar a vivir una nueva tragedia para sentir el dolor de otros como nuestro. La empatía mueve y tristemente no está de moda. 

Nos va a tomar un rato volver a sentirnos en paz. Yo también he aprendido a bañarme en cinco minutos, con la puerta abierta, la bata lista y sin música. Yo también duermo poco y  preparada para brincar de la cama si suena la Alerta Sísmica; es más, yo también la he escuchado en mi cabeza y la he confundido con el sonido de los tamales oaxaqueños. Yo también tengo miedo. Yo también tengo en la puerta mi mochila de emergencia en donde metí lo básico para la supervivencia y lo único que realmente me importaría perder de mi casa: las cartas y las fotos de mi abuela.

Urge que aprendamos a vivir con menos y a cuidarnos y querernos más. La ayuda posterior al terremoto fue impresionante. Ese nunca ha sido problema en México. Somos solidarios, pero nos dura poco. 

Urge que acortemos la brecha que existe entre el dolor y la distancia de los hechos, porque esos hechos parecieran estar cada vez más cerca. Urge replicar el gesto icónico de este terremoto: cerrar los puños por unos minutos, como si acumuláramos fuerzas, y volvernos a escuchar, a sentir. 

Y sí, yo también ando de mírame y no me toques, me duelen profundamente los últimos días, pero me siento muy agradecida por mí y por los míos y tengo ganas de empezar de nuevo en este lugar que no es el mismo pero tiene todo para ser mejor. ¡A darle!.

Comentarios

  1. Por las cartas y las fotos de tu abuela. "Las fronteras del dolor" me gusta para título. Abrazos.

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  2. Gracias, mi Gonsen. La verdad es que las palabras últimamente no me fluyen. Intento regresar a la realidad, y se siente rara, fragmentada casi. Tu texto me hace eco en las palabras que no puedo decir, y agradezco mucho que puedas hacer lo que yo no.
    Agradezco que estés viva y bien. Agradezco todo, aunque no sepa a quien agradecer.

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  3. Qué texto más maravilloso Gonsen, te abrazo con mucha fuerza, agradezcamos estar aquí. Tengo que decirlo , ya sobreviví dos terremotos, así que soy doble agradecida. Besos

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Fanática de la utopía y cursi de clóset. Nómada. Creo en lo que no cree casi nadie y desconfío de aquello en lo que creen muchos. Mi alter ego se llama Violetta. Nunca me he enamorado a medias; me enamoro o no y cualquiera de las dos, se me nota. Algo Facebookera pero muy Twittera. Me gustan las historias ajenas y las frases sueltas. No corro, no grito y no empujo. Terca como mula y aferrada como capricornio. Cuando el mundo se me enreda, camino y si se me pone muy de cabeza, tomo una maleta y me voy a dar el rol. Tengo adicción por los mensajes de texto y/o las visitas inesperadas a deshoras de la noche; por NY, por San Cris, por los "chick flicks", por los libros de Angeles Mastretta y por los chocolates con mazapán de Sanborns. De vez en cuando practico el autoboicot. Escribir es el saco que me cobija y a veces ese saco le queda a alguien más.

¿Quién y de dónde?

Fologüers.